29/6/06
>>Redactor: Antonio Luis.
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>>Los
pactos de familia con Francia siempre nos fueron funestos; la sagrada
familia como llamaba Carlos IV a su triunvirato, tampoco fue precisamente
un
momento glorioso de la historia de España, el todo poderoso Manuel
Godoy,
Príncipe de la Paz, jugando a dos bandas, tratando de evitar lo inevitable,
nos metió en una guerra que no hacía honor a su título,
como después se
demostró, tampoco era un lecho de virtudes y menos en los temas navales.

La
Armada desde la salida forzada del Marqués de la Ensenada, (maniobra
política británica, como todos sabemos) había ido cayendo
en un abandono
casi total, sobre todo por el equivocado concepto del ministro de marina
don
Pedro Varela, tal fue el error de su nombramiento, que se intento subsanar
nombrando a un general de muchos merecimientos y conocimientos de la Armada,
don Juan de Lángara, pero desgraciadamente no sólo los enmendó,
si no que
conociéndolos los aumento, se puede decir en su descargo, que su
ancianidad
le produjo, indolencia, falta de actividad, debilidad personal, falta de
memoria y decadencia física; luego el error no es de él sino
mas bien de
quien lo puso en ese lugar; consecuencia primera fue la falta de instrucción
en las dotaciones de los buques, ¡como no! reducción de los
presupuestos
¡llegaron a deberse a la marinería y jefes hasta cuatro años
de salarios!.
En
fecha 11 de Octubre de 1805 desde Cádiz, el Brigadier don Cosme Damián
Churruca escribía a su hermano una carta, en la que le decía
entre otras
cosas: ”Estos son los trabajos de los que servimos al Rey, que en
ningún
grado podemos contar sobre nuestros sueldos....”. ¿cómo
estarían los
buques?, en frase del Baylío Valdés: “resultado en uno
y otro haber dejado,
el cuerpo cadavérico y la Armada tan inútil, que sólo
sirve para gastar. .
..”.
Poco
más puedo añadir yo, pues todos eran conscientes de la situación,
bueno, de la mala situación, en que se hallaban nuestras fuerzas
navales,
para enfrentarnos al incipiente imperio británico, que si alguna
virtud
tiene precisamente es la constancia, virtud contraria a la española
que es y
lo fue el individualismo, aquí podríamos citar la frase (Todos
los españoles
llevamos un Rey en la barriga), de ahí que en este combate como en
tantos
otros, cuando el enfrentamiento era de uno a uno o a dos, los nuestros
siempre salían victoriosos, (como muestra un botón, don Blas
de Lezo) pero
otra cosa es guardar la línea de batalla y a las ordenes de un extranjero,
(ya bastante desprestigiado, incluso por su emperador), esto nunca ha
gustado ni a mandos ni a subordinados.
En
cuanto al desequilibrio de fuerzas morales y orgánicas no es preciso
subrayar a lo que puede llevar una alianza con un regicida.
España
entró en esta guerra aliada de Francia el 12 de Diciembre de 1804
[por causa del apresamiento por los británicos, en plena paz, (una
villanía
más de las muchas de que se aprovecharon) de las cuatro fragatas
de la
división Bustamante] y salió el glorioso 2 de Mayo de 1808.
Conozcamos brevemente a los marinos:
Villeneuve
Los grandes vencidos también tienen su historia personal, aunque
parezca que
la Historia se complace en olvidarlos. En Trafalgar, el gran vencido, en
su
tiempo y ante el tribunal de la Historia fue el vicealmirante
Pierre-Charles-Jean- Baptiste de Villeneuve, nacido en Valensoles (Bajos
Alpes), en 1763 y muerto en Rennes en 1806.
Guardiamarina a los quince años, fue capitán de fragata en
1793. Nombrado
contralmirante en 1796, participó en la expedición a Egipto,
mandando la
retaguardia de la escuadra francesa en la batalla de Abukir, de cuyo
desastre pudo salvar cuatro navíos, que condujo a Malta.
Uno de los pocos marinos reales que se incorporaron a la Revolución,
aunque
sin comulgar psicológica e ideológicamente con sus postulados.
En 1801
Napoleón le nombra comandante de las fuerzas francesas en Martinica,
ascendiéndole a vicealmirante en 1804 y encomendándole la
dirección suprema
de las fuerzas navales que debían hacer posible el desembarco francés
en
Inglaterra.
Vuelve a vacilar, (en Abukir y en las Antillas, ya lo hizo) y pierde la
ocasión de batir a la escuadra británica fraccionada, al enfrentarse
con el
almirante Calder a la altura de Finisterre, donde los españoles llevamos
la
peor parte, al perder tres de nuestros navíos, recuperando sólo
uno.
En esta ocasión Napoleón hizo publicar una nota en el Moniteur,
especie de
periódico oficial del Imperio, que entre otras cosas decía:”Si
un hombre de
carácter y valor, frío y audaz, se reencuentra un día,
se verá de lo que son
capaces los marinos franceses”, esta era una dura crítica contra
el
almirante, quien por su lentitud y sus indecisiones comprometía los
planes
del Emperador para desembarcar en Inglaterra.
El almirante, profundamente herido en su honor de marino y haciendo alusión
a la nota del Moniteur, escribía al ministros francés de Marina:
“Si es
verdad que no hace falta más que audacia y carácter, yo no
dejaré de
demostrarlos en la primera ocasión propicia” .
Estas palabras no revelan solamente su irritación; traicionan también
la
turbación del almirante a la hora de medirse con un temible adversario
como
lo era Nelson; obcecado por su amor propio herido y sin carácter
ni
serenidad para subordinarlo todo a la realidad, de la superioridad británica
en todos los sentidos, ordenó la salida de Cádiz, lo cual
era contrario al
parecer de los marinos españoles, expuesto en el dramático
consejo de
guerra.
Esta
decisión del almirante, costó a Francia y España la
pérdida de
diecisiete navíos, de los que sólo cuatro pudieron ser conservados
por los
vencedores; el resto se hundió frente al cabo Trafalgar, causando
la pérdida
de miles de vidas.
Napoleón , al recibir la noticia del desastre, juró no perdonar
jamás a
Villeneuve. Este, habiendo sido puesto en libertad, volvió a Francia
en
abril de 1806 con la esperanza de rehabilitarse; camino a París,
se hizo
preceder de una carta; pero la respuesta del ministro, que recibió
en ruta,
hundió totalmente su moral, hasta el extremo de llevarle al suicidio.
(esto
es lo que se cree, pero hay otras versiones, ¿por qué darse
uno mismo siete
puñaladas en el tórax a la altura del corazón?, en
fin, una muerte más que
no interesa como ocurrió.
Gravina
Federico Gravina y Nápoli nació en Palermo, en doce de agosto
de 1756. Sus
padres fueron, Don Juan Gravina y Moncada, duque de San Miguel, grande de
España de primera clase y Doña Leonor Napoli y Monteaporto,
hija del
príncipe de Resetena, igualmente grande de España.
Un tío de Federico, a la sazón embajador de Nápoles
en Madrid, solicitó y
obtuvo para su sobrino la entrada en la Real Armada. El 18 de diciembre
de
1775 sentó plaza de guardia marina, previo un riguroso examen, del
que salió
con mucha honra, fruto de la sobresaliente educación que había
recibido en
el colegio Clementino de Roma.
Embarco por primera vez en el navío San José. El dos de marzo
de 1776 fue
ascendido a alférez de fragata y embarco en la fragata Clara, de
la escuadra
del márques de Casa-Tilly, que llevaba a las costas de Brasil el
ejército a
las ordenes del general Ceballos.
Tomada la isla de Santa Catalina, tuvo Gravina el honroso encargo de intimar
la rendición al castillo de la Ascensión, situado en un islote
inmediato;
desempeño su misión con tal acierto, que el castillo abrió
sus puertas sin
la menor resistencia.
Fondeado en la embocadura del río de la Plata, el veintisiete de
febrero de
1777, la escuadra dio la vela; la oscuridad de la noche oculto a la Clara
las señales de la escuadra, equivocó el rumbo y se interno
tanto río arriba
que acabó por varar. De este desastre, en que pereció gran
parte de la
tripulación, se salvaron algunos oficiales, entre ellos Gravina,
que
llegaron en una lancha a Montevideo.
Allí se embarco como ayudante de la mayoría general en el
navío San José y
luego en el San Dámaso, regresando a Cádiz.
Ascendido a alférez de navío el veintitrés de mayo
de 1778, se embarco
sucesivamente en los jabeques Pilar y Gamo, destinados a combatir a los
argelinos. En un encuentro contra cuatro de sus jabeques, quedaron éstos
completamente destruidos.
Ascendido a teniente de fragata, obtuvo el mando del jabeque San Luis y
participó en el bloqueo de Gibraltar. Su brillante comportamiento
le valió
el ascenso a teniente de navío, distinguiéndose con nuevos
servicios; se le
confirió en mayo de 1780 el mando superior del apostadero de la bahía
de
Algeciras.
Formó parte de la expedición a Menorca, a las ordenes de Ventura
Moreno y se
volvió a distinguir en el sitio del fuerte de San Felipe. Terminada
la
campaña, volvió al bloqueo de Gibraltar y al mando del apostadero.
Ascendido a capitán de navío, solicitó y obtuvo el
embarque a bordo del
Santísima Trinidad, que llevaba la insignia del general Don Luis
de Córdova;
salió la escuadra de Algeciras en busca de la británica del
almirante Howe;
un furioso temporal había puesto a éste en la precisión
de penetrar en el
Mediterráneo. No tuvo don Luis de Córdova la suerte de impedir
que Howe
penetrase en Gibraltar, dejando allí el convoy que protegía.
A principios de julio de 1785, mandando la fragata Juno en la escuadra que,
a las ordenes del general Barceló, fue dirigida contra Argel, obtuvo
el
mando de todas las lanchas encargadas del ataque; la estación obligó
a la
escuadra a regresar a Cartagena.
En esta campaña, como en la del año siguiente, en que fue
al mando de toda
la división de Poniente, embarcado en el jabeque Catalán,
se distinguió por
su incansable actividad; mantuvo el bloqueo más riguroso y rechazó
las
fuerzas navales argelinas, mejor dirigidas que en el año anterior.
Los vientos contrarios no permitieron estar más tiempo al frente
de Argel y
regresó la escuadra a Cartagena; de allí a poco, hecha la
paz con aquella
potencia berberisca, nuestros buques fueron desarmados.
Hallándose en Madrid en 1787, recibió el mando de la fragata
Rosa, que debía
formar parte de la escuadra de evoluciones del Mediterráneo a las
ordenes de
don Juan de Lángara; en seguida tuvo el encargo de llevar a Constantinopla
al embajador Jussuf Efendi: llego a su destino el doce de mayo de 1788;
allí
aprovecho el tiempo haciendo importantes observaciones astronómicas
y
escribió una Memoria, buen testimonio de su saber y de su laboriosidad.
Ascendido a brigadier, paso a mandar la fragata Paz, destinada a conducir
a
Cartagena de Indias al gobernador don Joaquín Cañaveral, llevando
a aquellos
parajes la noticia de la muerte del rey Carlos III. Merece ese viaje
particular mención por la rapidez de su ejecución.
Dio la Paz la vela en Cádiz el doce de junio; rendido un mastelero,
tuvo que
arribar al mismo Cádiz. Volvió a salir el diecisiete; llegó
a Playa Grande,
en la costa de Santa Fe, el catorce de julio, fondeó al día
siguiente en
Boca Chica, delante de Cartagena; el dieciocho salió para la Habana,
adonde
llegó el veintiocho del mismo julio y el 29 dio la vela para Cádiz,
donde
llegó el dos de septiembre.
En 1790 obtuvo el mando del navío Paula, en la escuadra que se reunió
en
Cádiz a las ordenes del marqués del Socorro. En ese mismo
año salió de
Cartagena, mandando las fuerzas sutiles y la tropa de Infantería
de Marina,
para socorrer a Orán y protegió la retirada del ejercito,
que vino a
embarcarse en la ensenada de Mazalquivir para Cartagena. El gobierno
abandono aquellas posesiones de África.
Promovido a jefe de escuadra, pidió licencia para viajar y se dirigió
al
punto donde mejor pudiera aumentar el caudal, ya muy aventajado, de sus
conocimientos como general de armada; viajo a Inglaterra; allí fue
recibido
con las mayores distinciones; el almirantazgo le franqueó las puertas
del
arsenal de Portsmouth, el más importante de aquel reino.
La noticia de un rompimiento de esta potencia con Francia le obligó
a
regresar a España. Se embarcó en Spitedd a bordo de la fragata
de guerra
británica Juno, que le llevó a El Ferrol a principios de 1793.
En justo mérito se le dio en cuanto llegó el mando de cuatro
navíos, con
orden de pasar con su división al Mediterráneo. Así
lo cumplió, enarbolando
su insignia en el San Hermenegildo de 112 cañones y se unió
a la escuadra,
al mando de don Juan de Lángara, que cruzaba en el golfo de Rosas.
Allí permanecieron hasta que, el veintiséis de agosto se recibió
por medio
de una fragata de la escuadra del almirante británico Hood, que bloqueaba
las costas de Francia, un inesperado mensaje; pedía seis navíos
que le
auxiliasen a tomar posesión del puerto y arsenal de Tolón,
que se encontraba
en poder de los revolucionarios.
Don Juan de Lángara, en vez de enviar los seis navíos que
le pedía el
almirante británico como auxiliares, se presento con toda la escuadra
y fue
ésta acogida con entusiasmo; Gravina fue nombrado comandante de armas.
Los británicos se apoderaron del arsenal, dando sus soldados y los
nuestros
la guardia de los fuertes, cabiendo a nuestras tropas los puntos de más
peligro y de menos interés. ¡siempre igual! y eso siendo aliados.
No tardaron en romperse las hostilidades. De ambas partes acudían
refuerzos
que debían hacer la lucha más sangrienta; llegaron a nuestros
reales los
regimientos de Hibernia y de Mallorca y para proteger más eficazmente
la
escuadra, se fortificaron los puntos de Balaguer y L’Eguillete.
Vinieron
también refuerzos de Cerdeña y de Nápoles; los republicanos
no
andaban menos solícitos en sus aprestos y el uno de octubre dieron
una
fuerte arremetida contra el fuerte de Lamalgue y ocuparon las alturas de
Faraón.
Adelantóse brioso Gravina, mandando en jefe las fuerzas combinadas,
que
marchaban en tres columnas.
La de la izquierda, compuesta por británicos, al mando de lord Mulgrave;
la
de la derecha, por tropas de la coalición al mando del conde del
Puerto y la del centro, por españoles y napolitanos, la tenía
él a sus
inmediatas órdenes.
Empeñóse la lucha; el general en jefe recibió una herida
grave en la pierna
derecha; mas no cedió por eso en su valeroso empeño, hasta
arrojar a los
enemigos de los puestos que ocupaban por despeñaderos donde perecieron
los
más, quedando prisioneros unos trescientos.
El esforzado general, llevado en una parihuela, hizo una entrada triunfal
en
Tolón a la cabeza de sus tropas y el municipio le ofreció
una corona de
laurel, premio de la victoria.
Los cuidados del mando, a que atendía con incansable actividad, eran
un
estorbo a su pronta recuperación; aunque postrado en cama con graves
dolencias, ordenó otra salida que, por sus acertadas disposiciones
y el
bizarro comportamiento de los jefes y de las tropas, fue tan feliz como
la
primera y fueron rechazados los republicanos.
Mas por una de esas desacertadas resoluciones sobradamente repetidas entre
aliados, vino el general británico O’Hara a ser nombrado gobernador
de Tolón
por su gobierno y aunque quedó Gravina mandando las armas, hubo
desavenencias entre ambos, sin que bastaran los caballerosos modales del
general español a evitar choques y sinsabores con el desabrido britano.
Menos afortunado éste que Gravina, tuvo una acción muy reñida
el treinta de
noviembre, en que se llevó lo peor del combate, con una pérdida
de
seiscientos hombres, quedando él mismo prisionero.¡Y dicen
que no hay Dios!.
Tomó el mando el general británico Dundas, quien de mejor
temple que su
antecesor, se avino perfectamente con nuestro general.
La llegada de un ejército a las órdenes del general Dugommier
cambió las
cosas. Se abrieron las hostilidades y los republicanos se apoderaron del
fuerte de Balaguer y otros puntos.
Estos sucesos exigieron consejo de guerra. Gravina quiso asistir a sus
deliberaciones, haciendo que le llevaran en una silla de mano a casa del
almirante Hood. Allí supo que los enemigos habían sorprendido
y tomado
posesión del fuerte Faraón.
Propuso la reconquista del fuerte, encargándose él de la operación,
aunque
fuese dirigiéndola atado a su caballo. No fue admitida su valerosa
proposición, por ser inútil la posesión de ese fuerte
y perdidos otros
puntos que dominaban el puerto. Se determinó evacuar la plaza.
El incendio casual o intencionado del arsenal, precipitó la retirada
de los
aliados, evacuando la plaza por una poterna que daba salida al camino del
fuerte de Lamalgue. Cubriendo la retaguardia los españoles ¿cómo
no?;
embarcadas las tropas, dio la vela la escuadra y con graves riesgos de
abordajes entre sí, pudieron los navíos ponerse en salvo.
Fue la escuadra
combinada a fondear a las islas Hyeres, de donde regreso la española
a
Cartagena a finales de diciembre.
Fue ascendido a teniente general y para restablecer su quebrantada salud
pasó a Murcia; mas no estaba aún cerrada la herida, cuando
de nuevo se
embarcó en el San Hermenegildo con el encargo de socorrer las plazas
de
Collioure y de Port-Vendres, sitiadas por los republicanos. Salió
a
principios de
mayo de 1794 de Cartagena; pero aquellas plazas habían ya capitulado
cuando
llegó la escuadra. Esta se retiró a Rosas.
Allí prestó señalados servicios, protegiendo la retirada
precipitada de
nuestras tropas, después de los combates en que perecieron los dos
generales
en jefe, Dugommier y conde de la Unión.
Embarco a las tropas que allí se presentaron, llevándoselas
a donde pudieran
incorporarse, con el ejército a las órdenes del marqués
de las Amarillas,
dejando en Rosas las tropas necesarias para la defensa de la plaza: no
tardaron en presentarse los franceses al rendir Figueras.
Su denodado tesón hizo prevalecer su honrosa decisión de una
defensa a todo
trance, cuando no faltaban ánimos apocados que abogaban por la rendición.
Se
defendió Rosas hasta el uno de diciembre y así contuvo por
dos meses los
progresos de los franceses, dando tiempo a que nuestro ejército se
reorganizase y cuando ya no fue posible prolongar la resistencia, se
resolvió la retirada.
En la ejecución de ésta desplegó la más acertada
pericia, formando con
botes, lanchones y jabeques, tres líneas por donde iban las tropas
acercándose a los navíos, donde embarcaban.
El reembarco se hubiera efectuado sin tropiezo, gracias a las medidas
tomadas por nuestro general y a su incesante vigilancia; sin uno de esos
incidentes que no están al alcance de la previsión humana,
hubiera sido
completo; mas la voz de alarma de un sargento de avanzada infundió
el pánico
en una columna de trescientos hombres; ésta retrocedió al
pueblo y al
amanecer, se dirigió a la plaza, donde tuvo que capitular.
En premio de tan relevantes servicios recibió la llave de gentilhombre
de
cámara; quedó de general en jefe de la escuadra de Don Juan
de Lángara,
llamado éste al ministerio de Marina. Hallábase en Cartagena
cuando, hecha
la paz con Francia, se desembarcó, pasando a Valencia a restablecer
su
salud.
Poco descanso le cupo: comprometido nuestro incauto gobierno a guerrear
con
los británicos, en fuerza del tratado de San Ildefonso, recibió
en 1797 el
mando de la escuadra del Océano. Modesto, cuanto valiente, solicitó
y obtuvo
estar a las órdenes de Don José Mazarredo, cuya superioridad
se complacía en
reconocer. Quedó de segundo comandante de la escuadra.
Hecha la paz, se ausentó de España para ver a sus padres.
Permaneció en el
seno de su familia hasta junio de 1804, fecha en que fue nombrado embajador
de España en París.
Al
admitir tan elevado cargo, puso la salvedad de que, en caso de guerra,
había de volver a la carrera de las armas. Desempeño su misión
diplomática
con tino, laboriosidad y afanosa actividad que le distinguieron y mereció
granjearse el más alto aprecio de Napoleón, buen juez del
mérito de los
hombres. (Carta de Napoleón de once de agosto de 1805): “Gravina
es todo
genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas
cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa”.
Cumplióle el gobierno la palabra empeñada; rotas las hostilidades
con los
británicos, pasó a Cádiz para tomar el mando de la
escuadra. El quince de
febrero de 1805 enarboló su insignia en el navío Argonauta
de 80 cañones.
Argel, Gibraltar, Tolón, Rosas, Santo Domingo en la primera parte
de su
carrera militar y naval y Martinica, Finisterre y Trafalgar en la segunda,
son timbres de inmarcesible gloria, que colocan el nombre de Gravina entre
los primeros, capitanes de mar que cuentan los anales de los pueblos
marítimos. Trafalgar contaría al valeroso marino entre las
víctimas de ese
infausto día.
Mortal era la herida que vino a arrebatar a su patria al insigne guerrero,
que hubiera sido vencedor en Finisterre de haber tenido el mando en jefe
y
hubiera evitado la catástrofe de Trafalgar o salvado la escuadra,
si no
hubiese estado a las órdenes de un jefe inexperto y extranjero. Se
habló de
amputarle el brazo; los facultativos concibieron esperanzas de evitar esa
dolorosa operación, pero se fueron desvaneciendo las esperanzas;
agravóse el
mal y el 9 de marzo de 1806 Don Federico Gravina a los 49 años, seis
meses y
dieciocho días de edad.
Alcanzó la más alta dignidad militar, se le promovió
a Capitán general de la
Armada, cuyas insignias, premio de su noble sangre vertida, formaron la
corona que la España agradecida, depositó sobre la tumba del
general en jefe
de la escuadra española en Trafalgar. En un modesto nicho de la iglesia
del
Carmen, en Cádiz, fueron enterrados sus restos mortales, posteriormente
al
decidir el Ministro de Marina el Marques de Molins en 1850, crear el Panteón
de marinos Ilustres, fueron trasladados allí el once de junio de
1851,
figurando su nombre el primero de la lista hecha, junto con otros seis
generales, donde actualmente reposan. Hay desastres que honran tanto, como
una victoria.
Álava
Ignacio María de Álava Sáenz de Navarrete, nació
en Vitoria el veinticuatro
de octubre de 1750. Cursó sus primeros estudios en el seminario de
Nobles de
Vergara. Entró en la Armada, sentando plaza de guardiamarina el veintitrés
de julio de 1766.
En el mismo año embarco en el navío Terrible y sucesivamente
en el San Pedro
Alcántara, Peruano, Astuto y en la fragata Venus, realizando en ellos
varios
cruceros y comisiones en diferentes mares y un viaje a Filipinas. Forjó
su
espíritu y adquirió sus conocimientos profesionales en la
mejor escuela para
un oficial de la Armada: en la mar y en la guerra, en este caso numerosos
combates contra buques berberiscos.
Ascendió a teniente de navío en 1778 y se le confirió
el mando del jabeque
San Luis, destinado al corso contra los moros y berberiscos.
En 1779 embarcó en el navío Santísima Trinidad, luego
en el Santa Isabel y
Rayo, después en la fragata Gertrudis. En enero de 1781 tomó
el mando de la
fragata Rosa, con la que hizo la campaña del Canal de la Mancha,
a las
órdenes de los generales don Luis de Córdova y conde de D’Orvillers,
que
tuvo por consecuencia la retirada de las fuerzas británicas a sus
puertos y
el apresar al navío Ardent de 74 cañones.
Tomó parte asimismo en la captura del gran convoy británico
de 55 velas,
(por cierto, la mayor victoria española sobre la británica
y la mayor
derrota sufrida nunca por ellos y muy olvidada por los españoles)
sobre cabo
Santa María y en el bloqueo y ataque de Gibraltar, ya de capitán
de fragata
y mandando la Santa Bárbara, apoyó con él el bombardeo
que hicieron las
malogradas baterías flotantes.
Participó también en el combate que con la escuadra británica
del almirante
Howe, sostuvo la española al mando de Don Luis de Córdova
el veinte de
octubre de 1782, en el que fue herido, ascendiendo por su brillante
comportamiento a capitán de navío y tomando seguidamente el
mando de la
fragata Sabina.
En el verano de 1787 fue nombrado mayor general de la escuadra de
evoluciones, al mando de Don Juan de Lángara. Después desempeñó
el mismo
cargo en el departamento de Cartagena y en junio de 1790 el mismo también
en
la escuadra del Marqués del Socorro. Con ella fue a Liorna a buscar
al
Príncipe de Parma que desembarcó en Cartagena y lo acompaño
a Madrid.
El ocho de febrero de 1791 fue nombrado comandante del navío San
Francisco
de Paula, con el que operó en socorro de la plaza de Orán,
atacada por los
moros.
Ascendió a brigadier el uno de marzo de 1792 y con este grado fue
destinado,
como mayor general a la escuadra de Lángara, asistiendo a toda la
campaña
que en las costas francesas, hicieron contra los convencionales las
escuadras combinadas de España y Reino Unido, a principios de 1793.
En 1794 fue ascendido a jefe de escuadra y al año siguiente se le
dio el
mando de una escuadra destinada a dar la vuelta al mundo, compuesta por
los
navíos Europa y Montañés, las fragatas Fama, Lucía
y Pilar más la urca
Aurora.
Salió de Cádiz el treinta de noviembre de 1794 contorneando
América y
visitando el puerto de El Callao y la ciudad de Lima, haciendo escala en
las
Marianas y Manila, donde estableció el Apostadero de Marina. Rectificó
muchos accidentes hidrográficos en las cartas marinas de tan remotos
parajes, permaneciendo estacionado en aquellas posesiones españolas.
En Arroceros (extramuros de Manila), con fecha quince de noviembre de 1802,
publicó el Reglamento adicional a la Ordenanza de Marina, para los
navíos de
las islas de Filipinas que con efectos de su comercio viajan a Nueva España,
regulando con él la salida de la vulgarmente llamada Nao de Acapulco,
sus
carenas y recorridas, nombramiento de comandante, oficiales, dotación
de
marinería y tropa, arqueo, locales para el cargamento, víveres
y aguada.
El siete de enero de 1803 salió de Manila con su escuadra. De este
viaje de
regreso hasta el seis de febrero de 1803, escribió una memoria detallada.
Hizo el viaje de vuelta por el cabo de Buena Esperanza, regresando a Cádiz
el quince de mayo de 1803, desembarcando del navío Montañés
en el que tenía
arbolada su insignia.
Ya se había firmado la paz con los británicos. Durante la
navegación había
sido ascendido, con fecha cinco de noviembre de 1802 a teniente general.
Declarada de nuevo la guerra con los británicos, solicitó
un destino de la
máxima actividad.
Se le dio el mando de la escuadra de apostadero en Cádiz y cuando,
en dicho
puerto entró la combinada franco-española quedó como
segundo jefe de los
buques españoles.
En el combate de Trafalgar arbolaba su insignia en el navío Santa
Ana.
Mandaba la vanguardia pero al trocarse la línea, por la famosa orden
de
Villeneuve, se convirtió en retaguardia, quedando por su popa la
escuadra de
Observación, al mando de Gravina.
Fue herido grave por tres veces. El rescate del Santa Ana dio lugar a una
reclamación por parte del almirante Collingwood, argumentando que
era su
prisionero por haberse rendido, (lo querían todo).
Álava contesto, “Que cuando el oficial de mando, Francisco
Riquelme, rindió
el buque, él estaba sin conocimiento y que por tanto no se había
rendido y
que su sable y espada, símbolos de sus servicios, estaban todos en
su
poder”.
El británico siguió manteniendo una cortés correspondencia
con él,
demostrando con ello que quedaron satisfechos sus escrúpulos. (Álava
había
corrido la suerte de los prisioneros de guerra heridos de una plaza, que
el
enemigo tiene que evacuar por fuerza).
Como
recompensa a su actuación en tan infausto día para las armas
españolas,
se le concedió la Gran Cruz de Carlos III.
Repuesto de sus heridas se le confió el mando de lo que quedaba de
la
escuadra española, como más digno sucesor de Don Federico
Gravina. Arboló
también su insignia en el Príncipe de Asturias, testigo y
teatro de la
gloria de su predecesor.
Consiguió
alistar, venciendo muchas dificultades, ocho navíos, varias
fragatas y buques menores, que en un momento dado pudieran hacer frente
a
los británicos, que aún cruzaban frente a nuestras costas.
En 1807 fue nombrado vocal del Almirantazgo. Al sobrevenir los
acontecimientos de 1808, se unió al levantamiento del dos de mayo.
Se
trasladó a Cádiz y tomó el mando de los buques que
se pudieron reunir y
armar.
En 1810 fue nombrado comandante general del apostadero de La Habana, con
el
título de capitán general del departamento. En 1812 es nombrado
capitán
general del departamento de Cádiz, dejando en La Habana fama y memoria
de su
excelente administración y mando. En agosto de 1814 es nombrado de
nuevo
miembro del Consejo Supremo del Almirantazgo bajo la presidencia del infante
don Antonio y elevado al grado de capitán general de la Armada.
En febrero de 1817, se le nombró decano de aquel Consejo, cargo que
desempeño breve tiempo, pues quebrantada su salud pidió licencia
para
trasladarse al benigno clima de Andalucía, cosa que no bastó
para curarle,
falleciendo en Chiclana el año de 1817 siendo allí sepultado.
En 1870 se
trasladaron sus restos al Panteón de Marinos Ilustres.
Escaño
Nació el 5 de noviembre de 1752 en Cartagena. Sentó plaza
de guardiamarina
el ocho de julio de 1767, en la compañía de Cádiz,
de la que era entonces
capitán Jorge Juan.
En mayo de 1769 recibió el bautismo de fuego embarcado en el jabeque
Vigilante, que apresó dos escampavías argelinas en aguas de
Barcelona; en
octubre asistió al apresamiento de dos jabeques, uno de veinticuatro
cañones
y otro de treinta y seis.
Por esta senda de hechos de armas fue distinguiéndose, en las campañas
navales de los años 1771, 73 y 78, a las órdenes de diferentes
jefes de
escuadra y ascendiendo por la escala de sus servicios y méritos.
En 1782 era capitán de fragata; con el mando de la fragata Colón
recibió el
de una división de bergantines y balandras, con la que hizo un crucero
por
el Mediterráneo; luego en 1784, pasó a mandar la fragata Casilda,
incorporándose a una división de jabeques a las órdenes
del capitán de navío
don Joaquín de Zayas.
Con esta división pasó a Mahón y allí tomó
el mando de los buques surtos en
él. Hizo la campaña de pruebas con los navíos San Ildefonso,
San Juan
Nepomuceno y las fragatas Brígida y Casilda.
Dejando los mares de Europa, hizo varios viajes a Buenos Aires, Montevideo
y
Río de Janeiro en los años que mediaron hasta 1796. En 1797
mandando el
navío Príncipe de Asturias, asistió al combate del
catorce de febrero sobre
el cabo de San Vicente.
Allí dio pruebas de su pericia marinera y supo honrar esa desgraciada
jornada de nuestros anales navales. Con el navío de su mando atacó
y
maniobró contra la tercera parte de la escuadra enemiga que viraba
por
contramarcha.
Con esta atrevida y oportuna maniobra, emprendida en el momento crítico
del
movimiento del enemigo, contuvo a la fuerza contraria que se dirigía
a
doblar la retaguardia de la escuadra española y contribuyó
a salvar, con su
hábil y arrojada resolución, los navíos Santísima
Trinidad y Soberano, que
sin su maniobra se hubieran encontrado sin defensa.
Regresada
la escuadra a Cádiz, la enemiga vino a bloquear el puerto. La bien
adquirida fama le mereció la completa confianza del general Gravina,
que
encargó a tan entendido marino la distribución de las fuerzas
que debían
atacar a los enemigos.
En la primera noche del bombardeo salieron los dos y rechazaron a las
fuerzas sutiles enemigas, hasta obligarlas a refugiarse en sus navío.
En la
segunda asistió a las operaciones dirigidas por el jefe de escuadra
don Juan
María de Villavicencio, causando mucho daño a los enemigos,
que, inmóviles
por la calma del viento, sufrieron el fuego de nuestras cañoneras,
que se
colocaron por sus costados después de haber alejado las bombarderas
británicas.
A la par que marino denodado, era también un inteligente y entendido
administrador; el gobierno aprovechó su saber ocupándole en
formar, a las
órdenes del general Mazarredo, la Ordenanza de la Armada.
Fue ascendido a jefe de la escuadra el cinco de octubre de 1802, con el
mando de los tercios navales de Poniente.
Declarada nuevamente la guerra el doce de diciembre de 1804, pidió
entrar en
línea en los combates que debían ofrecerse; el gobierno le
nombró mayor
general de la escuadra a las órdenes del general Gravina, embarcándose
con
este jefe en el navío Argonauta; hizo la campaña de la Martinica;
asistió a
la toma del fuerte Diamante; le cupo buena parte de la gloria que adquirió
la escuadra española en el combate de Finisterre, donde nuestros
marinos se
batieron como leones.
Regresó con la escuadra combinada a las órdenes de Villeneuve
y embarcado en
el Príncipe de Asturias con el general Gravina, al lado de este digno
jefe
combatió heroicamente en Trafalgar, éste al ser herido le
dice “Continuar
sin descanso la pelea” y así se hizo; poco después recibió
un balazo en una
pierna que le obligo a sentarse, mas sin perder la voz de mando ni dejar
de
atender a todo. Al advertírsele la sangre que perdía, dijo
“No es nada” pero
cayó desmayado. Hecha la primera cura, se hizo subir de nuevo al
alcázar,
donde volvió a perder el sentido, hasta que el ruido y un vaso de
vino le
reanimaron; mezclando su sangre con la del jefe de la escuadra española.
Logró
organizar la retirada de los buques que pudieron hurtarse al desastre
y después la salida, para procurar salvar las reliquias de la escuadra.
El nueve de noviembre de 1805 fue ascendido a teniente general. Al morir
Gravina en sus brazos, en Cádiz, de resultas de sus heridas, pronunciaba
estas palabras “Mi bastón de mando, aquel que nunca se ha separado
de mi
lado, se entregará, en cuanto fallezca, al dignísimo general
Escaño, como
prueba pública de haberlo empuñado bajo mi nombre”.
El 20 de enero de 1806 fue nombrado ministro del Almirantazgo.
El dos de mayo de 1808 participó del entusiasmo general. La junta
Central le
nombro el quince de octubre, ministro de Marina. En el desempeño
del cargo
dio pruebas de sus vastos conocimientos; acudió con infatigable actividad
a
todo lo que exigía la defensa de España, en lo que dependiera
de nuestra
fuerzas navales para la seguridad de los puertos y de las costas; organizó
batallones de marinos al mando de jefes de la Armada, cuerpos que
alcanzaron abundante cosecha de laureles, en los campos de Ciudad Real,
Talavera, San Marcial, paso del Bidasoa y Tolosa de Francia.
Dejó el ministerio de Marina el treinta y uno de enero de 1810, nombrado
miembro del consejo de Regencia que reemplazó a la Junta Central.
El conde Toreno dice de él “En el consejo de Regencia, atendía
exclusivamente a su ramo, que era el de Marina, don Antonio de Escaño,
inteligente y práctico en esta materia y de buena índole”.
Esta Regencia fue la que convocó e instaló las Cortes, que
a la vuelta de
tantos años de un silencio sepulcral resucitan, para dar nueva vida
pública
a la nación oprimida por todos los despotismos a la vez; la libertad
política había reconquistado una tribuna, de donde salieron
por entonces las
mágicas palabras de libertad y de resurrección, voz que, si
bien apagada en
dos ocasiones y por períodos varios, había tenido tanto eco
entre los
españoles, que al fin hubo de triunfar.
Instalada
la Regencia primera el treinta y uno de enero. Cesó el veintiocho
de octubre de 1810. las vicisitudes de los tiempos hacían muy azaroso
el
desempeño de la autoridad suprema. Y bien debía figurar entre
los más
honradísimos el general que, al tratar de los informes reservados,
que sobre
la conducta de los oficiales de Marina, se remitían anualmente a
la
autoridad superior, rechazaba este sistema con pundonorosa indignación.
Diciendo: “Este sistema es un manantial fecundo de personalidades
y de
injusticia; un refinamiento del despotismo y de la tiranía; debe
desaparecer
para siempre de entre nosotros y se debe excogitar otro medio, para saber
el
mérito de los oficiales, sin ofender los derechos del hombre”.
Según el conde de Toreno “Si el general Escaño, tenía
apego a todo lo
antiguo, también sabía levantar su autorizada voz, contra
las practicas más
antiguas de la delación anónima y de los informes, tenebrosos
e
inquisitoriales con mengua de los derechos del hombre”.
Al salir de la Regencia, pasó a ocupar un puesto en el Consejo de
Estado y a
la vuelta de Fernando VII fue nombrado comandante general del departamento
de Cartagena, destino que no llegó a desempeñar al morir el
doce de julio de
1814.
Hidalgo de Cisneros
Baltasar
Hidalgo de Cisneros, nació en Cartagena. Sentó plaza de
guardiamarina en tres de marzo de 1770.
Su primer embarco fue en 1772 en el navío San Rafael y las primeras
navegaciones cruzando por las inmediaciones de los cabos de Santa María
y
San Vicente.
Hizo un viaje al Perú en la fragata Industria y al regreso fue ascendido
a
alférez de fragata, en fecha veintidós de diciembre de 1773,
participando en
las operaciones de socorro a la plaza de Melilla y en la expedición
a Argel.
Ascendió
a alférez de navío en dieciséis de marzo de 1776 y
estuvo embarcado
en los navíos Vencedor y Peruano de la escuadra que mandaba Miguel
Gastón.
De teniente de fragata, en el navío Vencedor, hizo la primera campaña
del
canal de la mancha, en la escuadra de don Luis de Córdova. En veintiocho
de
enero de 1780 tomó el mando de la balandra Flecha de catorce cañones;
fue
jefe de una pequeña división compuesta por el bergantín
Ardilla y las
balandra Flecha y Activa, cruzando por el Cantábrico y apresando
el
bergantín corsario británico Rodney del porte de catorce cañones.
Como premio a sus servicios ascendió a teniente de navío en
veintisiete de
mayo de 1780. Cuando escoltaba un convoy que se dirigía de los puertos
de
Vizcaya a El Ferrol, fue atacado por la fragata británica Cerbero
del porte
de cuarenta cañones. Con sus buques sostuvo combate con ella durante
tres
cuartos de hora, consiguiendo salvar el convoy y al propio tiempo sacar
indemnes a sus buques de escolta.
Poco tiempo después apresó, con sólo la Flecha a otra
balandra británica
corsaria, la Nimbre del porte de ocho cañones y veintidós
pedreros. El
quince de noviembre de 1781 tomó el mando de la balandra Resolución
y se
destacó con pliegos para el conde de Guiche, que estaba estacionado
en la
isla Madera al mando de una escuadra combinada.
Posteriormente tomó parte asimismo en las expediciones contra Argel,
de los
años 1783 y 1784; en la primera mandaba el jabeque Mallorquín
de treinta y
cuatro cañones; en la segunda, ya ascendido a capitán de fragata
en veinte
de octubre de 1783, mandó treinta y cuatro lanchas cañoneras
y seis de
abordaje.
En diez de marzo de 1785 tomó el mando de la fragata Loreto de cuarenta
y
dos cañones y en trece de marzo de 1787 embarcó como segundo
comandante de
la fragata Santa Florentina, de la escuadra de evoluciones de Lángara.
El veintiuno de febrero transbordó al navío San Ildefonso,
también como
segundo comandante y en él realizó otra campaña de
evoluciones.
En
dieciséis de abril de 1790 fue nombrado comandante de la fragata
Santa
Florentina, realizando con ella diferentes comisiones por el Atlántico
y
Mediterráneo, ascendiendo por los méritos anteriores a capitán
de navío el
uno de marzo de 1791.
En abril de este mismo año se le confirió el mando de una
división,
compuesta por tres fragatas, Diana, Soledad y Perla, incorporándose,
después
de algún tiempo de operar con independencia, a la escuadra del general
Borja. El cuatro de junio de 1792 se le dio el mando de una división
compuesta por las fragatas, Diana y Santa Florentina, los jabeques Mariano,
Gamo, Leandro y Felipe, los bergantines Cazador, Galgo y Vivo y tres
galeras.
Con estas fuerzas bloqueó varios puertos de Francia hasta finales
de julio
de 1792 en que se incorporó, con las fuerzas de su mando, a la escuadra
de
Lángara que llegó a aquellas costas. Tomó el mando
del navío Terrible, el
quince de octubre de 1794 y con él operó en la evacuación
de Rosas;
después unido a la escuadra de Lángara cruzó ante las
costas africanas,
desarmando por último en Cartagena.
Ascendió a brigadier, el cinco de septiembre de 1795, se le dio el
mando del
navío San Pablo, de la escuadra de Lángara. Pasó el
buque a Cádiz
incorporado a la de Don José de Córdova.
Asistió con ella al combate del Cabo de San Vicente y en él
dio pruebas, al
igual que Valdés, de singular arrojo. Pasó a mandar el navío
Santa Ana, que
arbolaba la insignia del general Domingo de Grandallana, de la escuadra
de
Mazarredo. Con este buque formó parte de la división, que
por dos veces
salió de Cádiz para rechazar a los británicos.
Con ocasión de salir la escuadra, para reunirse con la francesa del
almirante Bruix, tuvo la desgracia de varar en el bajo de las Puercas; salió
libre de todo cargo del consejo de guerra en el que fue examinada su
actuación.
Ascendió a jefe de escuadra el cinco de octubre de 1802 y fue destinado
a
Madrid.
En quince de enero de 1805 a petición propia pasó a la escuadra
que se
alistaba en El Ferrol, arbolando su insignia en el Neptuno.
El doce de agosto salió con la escuadra combinada y al llegar a Cádiz
trasbordó su insignia, al navío de cuatro puentes Santísima
Trinidad.
Después de la batalla de Trafalgar, los británicos extremaron
las
deferencias con el general en Gibraltar, poniéndole incluso guardia
de honor
a la puerta de su alojamiento, ¿sería para que no se escapara?.
Pronto fue
conocido públicamente su proceder en la acción y fue promovido
a teniente
general en siete de septiembre de 1805, pasando a Cartagena a curarse de
su
herida.
Al sobrevenir el dos de Mayo de 1808, fue nombrado capitán general
de
Cartagena y vicepresidente de la Junta que allí se estableció,
cargo que fue
confirmado por la Junta Suprema.
Manifestó gran actividad armando buques y remitiendo armas, municiones
y
pertrechos a todo el Levante, hasta que el once de febrero de 1809 fue
nombrado virrey de Buenos Aires. Su gestión en aquel virreinato fue
harto
difícil, ya que corrían vientos de emancipación en
medio de un cúmulo de
revueltas.
En 1810, por la violencia, fue embarcado en una balandra mercante a cuyo
capitán no pudo convencer para que le llevase a Montevideo, haciéndolo
a las
Canarias, donde desembarcó el cuatro de septiembre. Quedó
en esas islas para
restablecer su quebrantada salud y pasó después a Cádiz,
donde pidió que se
le residenciase y se juzgase su conducta.
Pero el gobierno, satisfecho con ella, le expresó su aprobación
por medio
del Ministerio de la Guerra, nombrándole vocal de la Junta de Dirección,
el
uno de enero de 1813, comandante general del Departamento de Cádiz
y
después, ascendiéndole a capitán general del mismo.
Fue nombrado ministro de Marina en catorce de septiembre de 1818 y en
veintidós de diciembre director general de la Armada, con orden que
desempeñase en comisión la capitanía general de Cádiz
y se encargase de los
preparativos de la expedición que preparaba el conde de La Bisbal.
Al triunfar los constitucionales fue apresado y llevado al arsenal de la
Carraca, permaneciendo en esa situación hasta que el Rey juró
la
Constitución de 1812.
Prescindiendo de opiniones políticas, el gobierno reconoció
sus méritos y le
concedió los honores del consejo de Estado y su cuartel en el departamento
de Cartagena, de donde fue nombrado capitán general en seis de noviembre
de
1823. Falleciendo el nueve de junio de 1829.
Churruca
Nació don Cosme Damián de Churruca y Elorza en Motrico (Guipúzcoa),
el
veintisiete de septiembre de 1761. Sus padres don Francisco de Churruca
y
doña María Teresa de Elorza. La primera aula de estudios del
joven, fue el
seminario conciliar de Burgos.
En esa comunidad, escuela de teología y ascética, hallabase
casualmente un
joven oficial de Marina, sobrino del arzobispo de Burgos. Bastó ese
contacto
indirecto para que se despertara en él su afición a las cosas
de la mar.
Concluyó sus estudios y corrió a casa de sus padres en solicitud
de su venia
para lanzarse en busca de los peligros, fatigas y escaseces de la vida del
marino.
El quince de junio de 1776 vistió, el honroso uniforme de guardiamarina
a la
temprana edad de quince años, su ascenso a alférez de fragata
fue el premio
de los brillantes estudios hechos, en las escuelas navales de Cádiz
y Ferrol
durante dos años, sobresaliendo entre todos sus compañeros.
En octubre de 1778 pone el pie por primera vez sobre la cubierta de un
navío. El San Vicente, al mando del bailío Don Francisco Gil
y Lemus, recibe
al joven quien, desde los primeros pasos en su carrera, dio a conocer sus
admirables disposiciones de marino.
Esta primera campaña, muy borrascosa, puso en evidencia el arrojo
de
Churruca frente a los peligros y su aptitud para aminorar los riesgos
mediante el estudio de las maniobras.
El trece de diciembre de 1781 pasó a la fragata Santa Bárbara,
al mando de
don Ignacio de Álava. En el sitio de Gibraltar se distinguió
del modo más
brillante, acudiendo intrépido a apagar el incendio de las flotantes
y
llevando socorro, con el bote de la fragata, a las tripulaciones de los
buques incendiados, entre un diluvio de metralla que despedían las
baterías
de la plaza y las explosiones no menos peligrosas de la baterías
que ardían.
Cuando la paz firmada en 1783 suspendió la lucha, acudió al
estudio que
forma al marino. Solicitó y obtuvo el ingreso en la academia de Ferrol.
Su
admisión a pesar de no haber vacante, se le añadió
el cargo de ayudante de
guardiamarinas.
Al año siguiente sustituía a los profesores de varias
clases y siguiendo en esa vida laboriosa, en 1787 dio el primer ejemplo
de
un examen público en las aulas de la institución sobre matemáticas,
mecánica
y astronomía; se granjeo la admiración del numeroso auditorio.
Habiendo determinado el gobierno que, el capitán de Navío
don Antonio de
Córdoba continuase sus exploraciones del estrecho de Magallanes,
pidió a don
Cosme, ya teniente de navío, que le acompañase; a él
le cupo la parte
astronómica y geográfica de aquella expedición científica.
Grandes fueron los peligros, incesantes las penalidades de aquellas
investigaciones, en mares en que reina casi de continuo el vendaval. En
unión de su digno compañero de armas y de estudios don Ciriaco
Cevallos,
hizo un trabajo completo de reconocimiento del estrecho en dirección
al
océano Pacífico.
Como
la modestia va unida siempre al verdadero saber, es de notar con qué
sencillez cuenta en su diario, las fatigas y los inauditos padecimientos
de
su peligrosa misión.
Publicó su escrito en el apéndice del primer viaje de Magallanes,
dado a la
luz en Madrid en 1795. Los aplausos que arrancó a la opinión
pública y a sus
compañeros de la Armada, no le inspiraron más orgullo que
el que se
desprende de esta nota:”Si se atiende a las circunstancias en que
se
escribió este diario, no se extrañaran los yerros o equivocaciones
que se
encuentran en
él”.
Esas circunstancias eran las penalidades de su exploración que acabaron
con su salud. Cayó gravemente enfermo y sintió amagos de escorbuto,
que
felizmente no fueron a más.
En 1789 es agregado al Observatorio; si bien aún convaleciente, se
entrega a
estudios que no contribuían de seguro a su restablecimiento. Al año
es
llamado a ser ayudante del mayor general de la escuadra al mando del marqués
del Socorro; hace la campaña y vuelve a su puesto.
La continua tensión de sus incansables trabajos intelectuales, acababa
con
una salud nunca bien restablecida; hubo que pensar seriamente en un descanso
indispensable.
Pasó a respirar el aire balsámico de las montañas de
Guipúzcoa y consiguió
el completo restablecimiento de su quebrantada salud.
El
ministro de Marina determinó que saliera de la península una
expedición
científica formada por dos secciones, una de las cuales debía
recorrer las
islas y costas del golfo mejicano y la otra el resto de las del continente,
con el fin de formar el atlas marítimo de la América septentrional.
Consultó el ministro la elección del oficial que debía
mandar la interesante
expedición. Se dirigió a un ilustre marino. don José
de Mazarredo, buen juez
del mérito individual de los oficiales de la Armada.
Sin titubear propuso a Churruca, se le diese el mando en jefe de la
expedición. Una real orden de diez de noviembre de 1791 puso término
al
descanso del hábil marino, sin que fueran obstáculo ni su
graduación de
capitán de fragata, ni su edad, treinta años, cuando tantos
oficiales de más
alta graduación y de más años podían reclamar
el honor que se le
concedía al modesto Churruca, que nada solicitaba en su agreste retiro.
Nadie murmuró, nadie puso en duda lo acertada de la elección.
Fue a Madrid y
se dedicó exclusivamente a conferenciar con el ministro y con Mazarredo,
para informarse cabalmente de los objetivos que pretendía el gobierno.
Cumplida esta primera parte de su comisión, se embarcó en
Cádiz el
diecisiete de junio de 1792 y dio la vela en ese día con su grupo,
compuesto
de los bergantines Descubridor y Vigilante. Dos años y cuatro meses
duró la
campaña científica, contrariada por todos los incidentes ordinarios,
a los
cuales vino a sumarse la guerra marítima con Francia.
Pudieron más el glorioso empeño del jefe y su constancia;
cumplió tan
plenamente su misión, que sus trabajos, sometidos al examen de los
observatorios más célebres de Europa, merecieron el aplauso
universal y a su
autor una nombradía general. Publicadas sus Memorias, la celebridad
se
asentó entre los más afamados en el mundo científico.
Mas tan dura como
gloriosa campaña no se realizó, sin grave menoscabo de su
salud, de suyo
poco robusta.
Se embarcó en la Habana y regresó a España en el navío
Conquistador, de
segundo comandante. De Cádiz, donde arribó, pasó a
Madrid, donde recibió en
premio de sus servicios el ascenso a capitán de navío, con
fecha anterior de
casi dos años. Su mala salud no le permitió concluir la historia
de su
campaña y esa misma causa hizo postergar la publicación de
las treinta y
cuatro cartas esféricas y mapas geométricos y ésta
es la hora en que no se
han publicado todavía, más que una pequeña parte de
ellas.
En 1802 publicó la carta esférica de las Antillas; la particular
geométrica
de Puerto Rico salió poco después. Así en los años
sucesivos, fue publicando
otros trabajos que forman una colección riquísima, de cuanto
puede interesar
a la ciencia náutica.
En 1797 fue nombrado mayor general de la escuadra al mando de Mazarredo.
En
1798 obtuvo el mando del navío Conquistador: halló el navío
en el más
lastimoso estado, tanto con respecto al armamento como a su tripulación.
Severo militar, a la par que entendido marino, en poco tiempo hizo del navío
a su mando un modelo en todos los sentidos.
Nuestra alianza con Francia exigió que una escuadra española
fuera a
incorporarse a otra francesa en el puerto de Brest. Pasó con el navío
y la
escuadra de que formaba parte, de Cádiz a Brest, donde fondeó
el nueve de
agosto de 1799.
Allí escribió una instrucción militar, que imprimió
y repartió a sus
compañeros; sirvió admirablemente a su propósito de
establecer en la Armada
una más completa y severa disciplina.
Hablando de Brest y del Conquistador, hemos de recordar diferentes
pormenores de la estancia en aquel puerto: necesitaba recorrer sus fondos;
el general de la escuadra mandó que entrase en uno de los diques
de
Recouvrances, cuando un buque de guerra va a entrar en dique para recorrer,
tiene el jefe de ingenieros que prepararle la cama, o sea los piques en
que
ha de ajustar su quilla en la forma conveniente para que, el quebranto del
buque no se aumente cuando quedando en seco y apuntalado, descansa toda
su
mole sobre dichos piques.
Para formar la línea de éstos en relación con el referido
quebranto, pidió
el ingeniero Guignard al comandante los calados de popa y proa y también
de
su batería.
Deseoso Churruca de saber cómo utilizaba el ingeniero aquellos datos
para
conseguir su objeto, con la sencillez de un hombre de ciencia, se lo
preguntó; mas el francés se negó a satisfacer su curiosidad,
diciéndole que
era un secreto.
Picado en su amor propio como científico, por tan necia negativa,
se encerró
en su cámara durante dos días enteros, haciendo cálculos
que le diesen el
resultado del famoso secreto del francés.
Lo
halló y radiante de alegría, salió al alcázar,
exclamando: ¡lo encontré!,
¡lo encontré!. Efectivamente, había penetrado ese secreto
mediante una
fórmula matemática, hoy ya muy conocida, merced a la cual
se preparó la
línea de piques, para que el navío entrase a carenar sobre
ellos.
Pero Churruca, más amante de la ciencia que el ingeniero francés,
se dio
prisa en vulgarizar esta fórmula, publicando una Memoria sobre ella
y
destruyendo así, el misterio de que tan ufano se mostraba Guignard.
Siempre ocupado por mejorar cuanto se relacionara con la Marina, objeto
de
una especie de culto, empleaba su permanencia en Brest perfeccionando y
simplificando las maniobras; cuando recibió del gobierno el encargo
de pasar
a París con una misión científica.
El primer cónsul Bonaparte, para quien todo mérito sobresaliente
era un
atractivo, conocía la fama del sabio español; quiso verle
y le acogió con
las mayores demostraciones de aprecio.
En París, en plena expansión napoleónica, halló
la recepción que merecía. Su
estancia en la capital debía dejar en el alma de Churruca recuerdos
muy
gratos; para que nada le faltase, habiéndose publicado en Madrid
por
aquellos tiempos su carta esférica de las Antillas, adoptada por
el gobierno
francés junto con las demás que publicó, mando el gobierno
presentar un
ejemplar a Churruca por el conducto del prefecto marítimo, como un
regalo y
un homenaje rendido a su saber; añadió el primer cónsul
un sable de honor,
la prenda más estimable para un valiente.
Si a estas demostraciones tan honoríficas, añadimos la distinción
pública
que le dispensó el general Gravina, comandante de la escuadra, saliendo
a
recibir al comandante del Conquistador, cuando regresó desde París
a Brest,
acto público que decía a toda la población el alto
aprecio en que el general
en jefe tenía a uno de sus subordinados, parecía que nada
faltaba para la
completa satisfacción de éste; mas hecha la paz, el gobierno
español cedió a
Francia seis navíos de línea.
La fama del Conquistador era tanta, que considerándolo los marinos
franceses
como un modelo, le pidieron nominativamente entre los seis navíos
que se les
había de entregar.
Churruca, a quien todos los halagos del primer cónsul no alucinaban
ni poco
ni mucho, sobre los inconvenientes de la alianza francesa, desaprobaba sin
rebozo la malhada cesión. Mas su dolor no tuvo límites cuando
hubo
de separarse de su amado navío que, en cierto modo él había
creado, al cabo
de tres años de esfuerzos constantes.
Volvió a Cádiz como pasajero en el navío Concepción;
llego el veinticinco de
mayo de 1802. Obtuvo una licencia para descansar de sus laboriosas tareas.
Aprovechó ésta repartiendo su tiempo entre dar una vuelta
por su pueblo y un
viaje al mediodía francés.
En su retiro siguió ocupando útilmente el tiempo el célebre
marino y no
rehuyó la vara de alcalde de Motrico; desde Madrid le pedía
el gobierno
informes y dictámenes relativos a la Armada, en cuyos trabajos se
complacía.
En noviembre de 1803 se le dio el mando del navío Príncipe
de Asturias; a
muy poco de estar a las órdenes de su nuevo comandante, fue este
navío otro
modelo como el anterior.
Todo lo que dirigía llevaba el sello de su inagotable sabiduría.
Los
cuidados del mando y de la organización de su navío, no fueron
obstáculo
para que revisase, en compañía de don Antonio Escaño,
el Diccionario de
Marina.
El gobierno le encargó también de hacer experiencias de puntería;
como
resultado redactó un tratado de puntería para la Armada, que
en España y en
el extranjero ha servido mucho tiempo de guía.
Daba la última mano a la organización de su navío,
cuando pidió el mando del
navío San Juan Nepomuceno carenado de nuevo. El gobierno accedió
a la
demanda, añadiendo a la concesión la facultad de arreglar
el repartimiento
interior y su armamento sin sujeción a reglamento alguno.
En medio de estas múltiples faenas de su carrera, un día pensó
en su propia
felicidad, buscando una digna compañera. Casó con doña
María de los Dolores
Ruiz de Apodaca, hija de don Vicente, brigadier que fue de la Armada y
sobrina carnal del capitán general conde del Venadito.
Contados estaban los días del sabio español y esposo. Amaneció
el infausto
día veintiuno de octubre, mando clavar la bandera y sólo se
arrió, cuando la
muerte más sublime vino a coronar esa vida, honra de España
y honra de la
humanidad.
Alcalá Galiano
Nació Don Dionisio Alcalá Galiano en la villa de Cabra, en
1760 y entro de
guardiamarina a los once años de edad, en 1771. Estudioso y aplicado,
su
amor a las ciencias le granjeó luego, un puesto aventajado allí
donde el
saber no admite dudas: muy joven fue destinado a cooperar en la formación
de
las cartas marítimas, trabajos por los cuales sintió desde
entonces
particular afición y en los que se distinguió con sumo provecho
de la
ciencia.
La primera aplicación que hizo de su profundo saber, fue en el
reconocimiento del estrecho de Magallanes. Vuelto de esa expedición,
emprendió otra siguiendo a Malaspina en su viaje de circunnavegación.
En
esta ocasión publicó una Memoria sobre el modo de calcular
la latitud por
dos alturas del sol.
Llegada la expedición de Malaspina a Lima, se separó de ella
para descubrir
el paso del Atlántico al Pacífico, por la parte septentrional
del continente
americano. Dos jóvenes, que más tarde fueron glorias de la
Armada, mandaban
las dos goletas Sutil y Mejicana, que componían la expedición:
don Dionisio
Alcalá Galiano y don Cayetano Valdés; desempeñaron
éstos su comisión con el
más brillante éxito y la relación de su viaje, impresa
por orden del
gobierno, figura con la honra que merece en el Depósito Hidrográfico.
Terminada esta comisión, pasó Galiano a San Blas de California
y a Acapulco,
embarcándose en Veracruz para regresar a España.
Lo mismo que su jefe Malaspina, halló a su vuelta el desagrado del
gobierno,
como premio a sus servicios; pero más afortunado que aquél,
sólo tuvo por
castigo regresar a Cádiz desde Madrid.
Iniciada la guerra con los británicos, obtuvo el mando del navío
Vencedor.
Durante el bombardeo de Nelson contra Cádiz, en la defensa de la
entrada de
la bahía se distinguieron las fuerzas sutiles, en las cuales tuvo
parte de
mando. No bastaron estos esfuerzos para acabar con el bloqueo que
rigurosamente sostenían nuestros enemigos.
El tesoro público estaba exhausto, como era tradicional y necesitaba
los
caudales de América. Ir a buscarlos era una operación que
exigía todas las
cualidades de un hábil marino y de un valiente militar: entre tantos
oficiales de sumo mérito como contaba la Armada, fue escogido, para
esa
ardua empresa. Correspondió dignamente a esa muestra de confianza:
llegó
felizmente a Veracruz, cargó los caudales que allí encontró
y pasó a La
Habana, donde recibió órdenes de regresar a la península.
A todo trance quiso llevar a buen término su comisión y sin
arredrarle la
responsabilidad que asumía separándose de las instrucciones
recibidas, tomó
una derrota diferente de la que se le prescribía y llegó a
Santoña.
El éxito todo lo legitima. Se aplaudió la osadía del
ilustre marino, que
confió más en su propio saber que en el ajeno. Con otro resultado,
por
casual que hubiera sido, no habría conseguido más que censuras.
El buen resultado de sus acertadas disposiciones le mereció una segunda
empresa: se le confió el mando de una escuadra compuesta por, dos
navío,
tres fragatas y algunos buques menores. Llego a Veracruz y burlando los
buques británicos, pasó a Cuba con los caudales que había
recogido.
Allí
le cogió la paz de Amiens; volvió a Cádiz y fue destinado,
al navío
Bahama a formar parte de la escuadra, que se dirigía a Nápoles
en busca de
una princesa de Asturias. Hallándose la escuadra a la vista de Argel,
recibió el encargo de ir con la fragata Sabina a Argel, para arreglar
algunos puntos en litigio.
Cumplió con su encargo político; mas el sabio marino no podía
navegar sin llevar su espíritu indagador y observador, a todo lo
que podía
suponer un progreso para la ciencia; en su derrota notó que, en una
de las
cartas recientemente publicadas por el Depósito Hidrográfico,
había una
equivocación esencial respecto a la isla Galitia, error que puso
en
conocimiento del gobierno.
Regresó a Cartagena y de allí a Nápoles. De vuelta
a Barcelona con la
escuadra, formó parte de la que de nuevo fue a Nápoles; mas
recibió orden de
pasar a la fragata Soledad a levantar la carta número tres del Mediterráneo,
que comprende el archipiélago de Grecia y de cuyos parajes no había
entonces
en Europa, más que una mala carta británica con errores capitales,
hasta en
las latitudes de las islas y escollos que las forman.
Entre ellos navegó en el mes de diciembre sin haber tenido una avería;
marcó
y situó astronómicamente todas aquellas islas e islotes y
continuó su camino
hasta Buyukderé y embocadura del mar Negro; bordeó después
toda la costa del
Asia Menor hasta el monte Carmelo y Alejandro, regresando por la costa de
África hasta situarse en cabo Bru, a la entrada de Túnez.
Durante esta memorable campaña mereció el respeto y consideración,
así de
las autoridades turcas de los países que recorrió, como de
los
representantes y comandantes extranjeros con quienes se encontró,
tanto en
Constantinopla como en Atenas, que también visitó y en todos
los puertos del
Mediterráneo oriental donde estuvo.
De regreso a España, formó la carta de aquellos parajes con
suma maestría,
viajando al efecto a Madrid llamado por real orden. Otra real orden le
desterró de la corte con destino a Cádiz, donde remató
sus trabajos, sin que
se le hubieran dado las gracias.
Declarada la guerra contra los Británicos, volvió a tomar
el mando del navío
Bahama; hizo la campaña en las islas de Barlovento con la escuadra
combinada
franco-española y con ella regresó.
Ya sabemos como y que opino en el consejo en que se trató de la salida
de la
escuadra combinada, para atacar a la británica.
Prudente,
se opuso a esa desacertada orden; héroe, dio su noble vida en
defensa de esa bandera que al entrar en el combate anunció quedaría
clavada,
pues un Galiano sabía morir y no rendirse.
Nelson
Horacio nació en Burnham Torpe (Norfolk), el veintinueve de septiembre
de
1758. Hijo de Eduardo Nelson y de Catalina Suckling, emparentada con los
Walpole. Su padre rector de aquella parroquia, proporcionó a su hijo
una
buena, aunque somera educación, en Norwich, Downham y Nort Walsham.
Sin embargo, quien desempeñó el papel más importante
en su vida, fue su tío
el capitán Mauricio Suckling, oficial de intendencia de la Armada.
Debido a
la intervención de éste, entró a los once años,
en calidad de grumete en
el navío Raisonnable.
Pero habiéndose solventado las diferencias que a la sazón
existían entre
España y Reino Unido, el capitán Suckling le embarcó
en un velero que hacía
la ruta de la India y a su regreso, le ejercitó en la dura escuela
de la
navegación de cabotaje, entre las brumas, los vientos, las rocas
y los
escollos de los mares del norte.
En
1772 tomó parte en la expedición ártica del capitán
Phippo y luego se
embarcó de nuevo para la India. Su prolongada vida en la mar despertó
en él
la ambición del heroísmo. El nueve de abril de 1777, después
de servir en la
fragata Worcester, fue admitido en la flota real como teniente.
Merced a sus conocimientos navales y a su habilidad para atraerse simpatías,
en 1779 le fue confiado el mando de la fragata Hinchinbroock. Contaba en
ese
momento con veintiún años. Quizá todavía no
maduro, no se distinguió mucho
en las operaciones de la guerra de independencia norteamericana, aunque
sus
jefes, como el almirante Hood, ya le consideraban como un gran experto en
la
táctica naval.
Por
otra parte, su hoja de servicios, sin grandes hechos de armas, le
acreditaba como un oficial de marina inteligente, disciplinado, estudioso
y
con un enorme ansia de superación.
Acabada la guerra en 1783, se trasladó a Francia, para estudiar la
marina de
sus adversarios más calificados. Allí estudió las tácticas
y estrategias
navales desarrolladas por los oficiales reales, un núcleo de los
cuales
había de formar y desarrollar después la marina de la República,
del
Consulado y del Imperio; entre estos oficiales se encontraba el que había
de
ser su adversario en Trafalgar y es probable que directa o indirectamente
se
conocieran.
Algunos años más tarde recibía el mando de la fragata
Boreas, con la que
prestó servicios en las Indias Occidentales, en América; aquí
se casó con
Frances Nisbert, esto fue en 1787.
Sus informes sobre el contrabando, que como hemos visto fue uno de los
puntos cruciales del enfrentamiento entre España y el Reino Unido,
llamaron
frecuentemente la atención del Almirantazgo, el cual, en 1793, al
estallar
la guerra contra Francia, le adscribió a la flota del almirante Hood
como
capitán del Agamemnon.
Al mando de este buque participó (con Gravina como aliado) en la
toma de
Tolón, en la conquista de Córcega y en otras operaciones en
el Mediterráneo
occidental, donde demostró gran iniciativa personal y destacadas
dotes de
mando.
Ante Calvi, en 1794, fue herido en el ojo derecho, que le quedó inutilizado
para la visión. Su figura se iluminó repentinamente para sus
compatriotas,
por su destacadísima intervención en la victoria obtenida
por el almirante
Jervis, sobre la flota española en el cabo de San Vicente el catorce
de
febrero de 1797.
Sin embargo, la satisfacción que podía experimentar, nombrado
ya
contralmirante, se truncó cuando fue herido de gravedad, en el fracasado
intento de desembarco en Santa Cruz de Tenerife, el veinticuatro de julio
de
1797.
En esta acción perdió el brazo derecho, al recibir un impacto
directo de un
cañón, al levantar el brazo para dar una señal de ataque,
en nuestra isla se
conoce al cañón como el Tigre.
Repuesto de su herida e incorporado de nuevo al servicio activo, el diez
de
abril de 1798 fue destinado por su gobierno, para vigilar el destino de
la
flota de Francia concentrada en Tolón.
Pasó al Mediterráneo con tres navíos y cinco fragatas.
La escuadra francesa
burló el bloqueo a causa de un incidente fortuito y se dirigió
a Egipto. La
persiguió a lo largo de éste mar y el uno de agosto la destrozaba
en la
batalla de Abukir.
Esa victoria, decisiva para la suerte de la expedición napoleónica,
le valió
el título de barón del Nilo y la consolidación definitiva
de su fama de gran
marino. Entre 1798 y 1800 intervino en los asuntos del reino de Nápoles,
retenido por su misión y por sus amores con lady Hamilton, esposa
del
embajador británico, a quien había conocido en 1793.
Esta parte de su vida es sumamente novelesca y cinematográfica. Pero
en todo
caso su amor por lady Hamilton, ocupó lo más profundo de su
corazón como lo
demuestra el relato de su muerte; Al morir gloriosamente, en olor de
celebridad, sólo tuvo presente a sus dos amores, Britania y lady
Hamilton.
En 1800 regresó al Reino Unido y el primero de enero de 1801 fue
ascendido a
vicealmirante. Meses más tarde recibía la misión de
forzar el bloqueo que,
Francia ejercía sobre los países neutrales, lo que logró
después de la
batalla y bombardeo de Copenhague, el dos de abril de 1801.
Continuó prestando algunos servicios de flotilla, hasta que al firmarse
la
paz de Amiens, en 1802, se retiró a su finca de Merton, en el Surrey.
La nueva guerra entre su país y Francia, le hizo entrar de nuevo
en liza. En
1803 tomó el mando de la flota del Mediterráneo, con la que
bloqueó a la
escuadra francesa.
Pero ésta logró de nuevo burlar su vigilancia y pasar al Atlántico.
Por pura
intuición supuso que Villeneuve, había preparado una operación
de diversión
dirigiéndose a las Antillas, a cuyos mares marchó persiguiéndole.
De regreso las dos flotas, sin haberse enfrentado, la franco-española
arribó
a Cádiz, se tomó unos días de descanso en Merton, partiendo
el trece de
septiembre, para ponerse al frente de su escuadra y esperando a su
adversario, la flota combinada.
Era el primer acto de su drama personal en Trafalgar.
Una bala, disparada desde el navío francés Redoutable, le
quito la vida en
el alcázar del Victory. Murió exclamando: Gracias a Dios,
he cumplido con mi
deber.
Collingwood
Nació
Cuthbert Lord Collingwood en Newcastle-upon-Tyne en 1750. Ingresó
en
la marina cuando tenía trece años, ascendido a teniente de
navío en 1775,
después de asistir a la batalla naval de Bunker Hill, en la guerra
de la
independencia de los Estados Unidos de América.
En 1797 era capitán de navío y en 1799 contralmirante. Tomó
parte importante
en diversas victorias de la Real Marina, entre ellas la ganada en Brest
en
1794 por lord Howe y la de cabo San Vicente en 1797, por el almirante
Jervis.
En 1801, ya de vicealmirante, mandaba una división de cinco barcos
en el
bloqueo de El Ferrol. También fue jefe de las fuerzas de bloqueo
de Cádiz en
1805, reforzadas después por las escuadras de Bickerton y de Calder,
hasta
que asumió el mando de todas Nelson, reuniendo veintisiete navíos
que son
los que entraron en combate en Trafalgar. El día del combate mandaba
la
segunda línea, enarbolando su insignia en el Royal Sovereing, al
que le
seguían once navíos más, rompiendo la línea
el primero.
Quedo
tan destrozado su buque que tuvo que abandonarlo y transbordar a la
fragata Euryalus.
Por su comportamiento en esta batalla y su historial anterior, fue nombrado
par del Reino con el título de barón Collingwood de Caldhune
y Herhpoole, en
el condado de Northumberland y ascendido a almirante, concediéndosele
además, una pensión de 2.000 libras anuales. Sostuvo una interesante
correspondencia con Álava, ya referida.
Se hallaba bloqueando Cádiz cuando tuvo lugar el ataque y rendición,
de la
escuadra francesa del almirante Rosily y por ello cursó una felicitación
al
general Morla, gobernador de Cádiz en estos sucesos, diciendo: “Por
la
energía del pueblo debe ver el continente de Europa que hay aquí
una
excepción, en las usurpaciones que han obligado a muchos estados
a una
degradada dependencia y que se ofrece el ejemplo de lo que es capaz una
nación cuando se halla unánime”.
Ocupó más tarde las islas Jónicas, aceptando el mando
de la escuadra del
Mediterráneo a pesar de su estado de salud. Murió en 1810,
en la mar, frente
a Mahón, a bordo del Ville de Paris.
Preliminares
En
el consejo, 8 de Octubre de 1805, reunido por Villeneuve estuvieron; Don
Federico Gravina, comandante jefe de la escuadra y teniente general; Don
José María de Álava, también teniente general,
Don Antonio de Escaño, jefe
de escuadra y mayor general de la misma y Don Baltasar Hidalgo de Cisneros,
también jefe de escuadra y Don Cosme Damián Churruca y Don
Dionisio Alcalá
Galiano, brigadieres; por parte francesa Pedro Esteban Dumanoir de Pelley
y
Carlos Renato Magon de Closdire, los dos almirantes y Cosmao Kerjulien,
Maistral y Lavillegris, capitanes de navío, más el capitán
de fragata
ayudante comandante de la Armada, Prigny. de las notas recogidas en este
consejo, solo nos quedan las notas de Antonio Alcalá Galiano en sus
memorias.
Da la casualidad que no hay nada en ningún archivo, lo que hace pensar
que
fueron localizados y extraviados, con la entrada en Madrid de los franceses
en la posterior guerra de la independencia.
Al parecer el enfrentamiento entre Magon y Alcalá Galiano provoco
la
intervención de Gravina. En carta de Gravina a Villeneuve le indica
lo
siguiente: “Sabéis, señor almirante, que los navíos
españoles han sido
siempre los primeros en entrar en fuego y los últimos en retirarse.
Nos
habéis pedido consejo y os lo hemos dado lealmente. Si resolvéis
atacar
a los ingleses, no tendréis que esperarnos”.
En este consejo consiguieron los españoles, hacer valer su opinión
de que
los buques de ambas naciones fueran intercalados, (razón que admitió
el
almirante Villeneuve), para evitar en lo posible, lo ocurrido en el reciente
combate de Finisterre, aunque no se consiguió del todo por la decisión,
después en el combate del contralmirante Dumanoir, que a su vez fue
provocada por la orden del Almirante de “virar por redondo a un tiempo”
lo
que cambió el orden de batalla, convirtiendo a la vanguardia en retaguardia
y a esta en vanguardia, cuando la orden llego a la cabeza; en ella estaba
el
San Juan Nepomuceno, su comandante Churruca exclamo: (La flota está
perdida.
El almirante francés no sabe lo que hace. Nos ha comprometido a todos.).
En opinión de G. Desdevises du Dezert en su obra “La Marina
española durante
Trafalgar”, dice de lo jefes franceses (Procedentes en su mayor parte
de la
revolución, eran ordinarios, osados, bruscos y déspotas, por
lo que
desdeñaban la aristocracia de los marinos españoles y los
miraban como
gentes anticuadas y supersticiosas).
Yo añado, buenos compañeros para el combate ¿No?.