Fecha:8/29/07
Autor: Antonio Peña
Titulo: El soldado español de Flandes

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>>EL SOLDADO ESPAÑOL DEL EJÉRCITO DE FLANDES ENTRE LOS SIGLOS XVI Y XVII

(2ª Parte)

2. CONDICIONES DE VIDA.

Por lo que respecta al rancho, éste constaba de un trozo de pan -pan de munición- y un vaso de vino. Aunque hay que tener en cuenta que cada soldado tenía que improvisar su propia comida y bebida. Frecuentemente el pan de munición estaba en tan pésimas condiciones que producía enfermedades y provocaba epidemias. El pan de munición estaba compuesto de una parte mínima de harína sin moler con trozos de galletas y todo mezclado en yeso. En 1630 el duque de Feria se quejaba al rey en carta de 17 de septiembre “muchos de los que comieron murieron, otros muchos que se negaron a comerlo murieron de hambre”.


Fue usual que los soldados de servicio en Flandes tuviesen que pagar no solo sus vestidos y alimentación sino también sus armas, balas y pólvora. Incluso un  aspecto esencial de la vida diaria del soldado como era la cuestión sanitaria estaba sujeta a las disponibilidades económicas de los soldados. El hospital de campaña era sustentado a cargo de los propios soldados y con la venta de los efectos personales de los muertos.


El gran problema para el gobierno español fue el financiero. Desde mediados del siglo XVI se hizo muy difícil financiar las guerras y campañas militares y se tuvo que recurrir a las bancarrotas. La declaración de bancarrota significaba que durante aquel año nadie cobraría sus sueldos. Además los diversos gobiernos españoles urgían a los capitanes a que empleasen la picaresca de retrasar la paga de los soldados cuatro o cinco días cada mes con la intención de que las doce pagas anuales se redujesen a diez.


Desde 1534 a 1634 el sueldo base del soldado de infantería español fue de tres escudos. En 1634 el sueldo subió a cuatro escudos. Esta paga prácticamente inmutable era del todo insuficiente para que el soldado se pudiese mantener. En 1590 una pica y una armadura costaban 30 florines, un mosquete costaba 10 florines y un coselete constaba lo mismo que el pan de un soldado durante 2 años. Entre armar y vestir a los soldados o mal alimentarles se escogia esta última opción. De ahí que una de las características de las guerras de Flandes es que se disparaba muy poco tanto por lo que respecta a las armas de fuego pesadas como a las ligeras. La situación de los soldados fue empeorando conforme transcurrió el siglo XVII. En 1600 las tropas de Flandes todavía andaban decentemente vestidas y armadas pero en 1640 los soldados estaban andrajosos y utilizaban pica o arcabúz. Muy pocos tenías mosquetes.


En 1574 un capitán se quejaba: “lo que a mi me aflije […] es estar [el país] tan caro, que aunque se pudiesen dar [a los soldados] las pagas enteras cada mes, no pueden vivir cntre tanto, porque el soldado de más concierto y mejor economía ha menester, sólo para comer, diez placas al día, y su sueldo monta cuatro, y los caballos ligeros, que es lo que las tierras más sienten, han menester para la comida de cada uno y de su caballo y mozo casi treinta placas al día, y su sueldo no monta más de nueve”.


De tal manera los capitanes acababan convirtiéndose en presatamistas y en beneficiencia. El capitán solía tener un cofre (la caja) donde guardaba fondos para utilizar en ocasiones de necesidad (desde sobornos hasta adelantamiento de pagas o ayuda a soldados necesitados, pago de rescates o de abasto). Esta situación generaba dos actitudes, o bien se incrementaba la fidelidad de los soldados hacia el capitán o bien los soldados se interesaban por malograr la salud y vida de su capitán. La mayoría de los soldados vivían a crédito y eran normales los arreglos de cuentas, los robos, latrocinios, asesinatos, violaciones, asaltos a pueblos y correrías saqueadoras. Había soldados que se veían obligados a ejercer la mendicidad.


Aún había otro problema, alojar a los soldados. En campaña no había problema, los soldados se hacían una barraca o choza. La barraca tipo era para cuatro personas y contaba con dos camas, aunque también se construían para ocho soldados con cuatro camas. Eran de madera y leños combinado con materiales diversos. El problema era mantener a los soldados en guarnición y en campamentos de invierno. Los fuertes eran pocos y costosos así que se empleaba el método del alojamiento en las casas particulares de los ciudadanos, quienes tenían que mantenerlos. Esto ocasionaba innumerables choques entre los soldados y la población. El peso de los alojamientos sobre la población civil solía provocar algaradas. Sólo en ciudades de importancia como Maastrich, Dunquerque o Gante se construían campamentos decorosos, aunque modestos, dentro de la muralla combinando la madera y la piedra.
Los soldados no iban sólos. Junto a ellos andaban pajes, lacayos, comerciantes, prostitutas, niños y animales en tal cantidad que podían llegar a constituir más de la mitad del ejército de una guarnición. Por ejemplo, en 1603 la guarnición de Hertogenbosch estaba compuesta de 5.519 personas de las cuales sólo 3000 eran soldados. Hay que tener en cuenta que también todos estos “acompañantes” tenían que comer, vestirse, alojarse y cobrar un sueldo. Tal cantidad de gente -mucha de ella ociosa- podía llegar a constituir un auténtico problema. Llegados a este punto podemos hacernos una idea más precisa del problema planteado.


Las consecuencias militares ocasionadas por las bancarrotas y las deficiencias financieras del gobierno español fueron muy graves: los motines.

3. LOS MOTINES.

Los motines eran la desobediencia organizada y general. Traían el desastre militar, diplomático y político a España. Las ciudades leales se soliviantaban y se hacían vulnerables, las ciudades aliadas dudaban de continuar con la alianza a España o directamente se unían al enemigo. Entre 1572 y 1607 se produjeron más de 45 motines con una duración media de un año. Los dos ciclos principales de motines fueron los años 1573-1576 y 1689-1607 que coinciden con las bancarrotas de 1575, 1596 y 1607 y con etapas de crisis de subsistencia en los Países Bajos. La desobediencia colectiva y organizada no fue consecuencia de la escasez, desdicha y adversidades de la vida militar sino de la pobreza y miseria.


Los primeros en amotinarse solían ser las picas secas -los peor pagados y más pobres- les seguían los arcabuceros y tras ellos el resto de picas y mosqueteros. Todos los amotinados participaban del motín en la misma categoría, sin tener encuenta el rango o la calidad social y profesional. Una vez el motín triunfaba todos los amotinados se reunían y elegían por votación a su lider y a un consejo asesor con secretario. Entre los amotinados la disciplina se mantenía brutalmente. Cualquier desobediencia era castigada con la muerte. describe esta situación en su The history of the war of Flanders, la desobediencia que representaba un motín producia la más grande obediencia.


El motín en un campamento o ciudad se extendía de diversas formas. La más usual era que el ejército amotinado cercase una ciudad y convenciese a su guarnición para unirse al motín. El mantenimiento y pervicencia del movimiento se lograba imponiendo recaudaciones. Por ejemplo, el motín de Zichem de 1594 recaudaba contribuciones en un radio de 50 millas. Pueblos situados en el cinturon defesivo de Bruselas llegaron a pagar tributos al motín de Zichem. El motín de Hoogstraten de 1602-1605 llegó a recaudar tributos a ciudades como Trier o Aquisgrán.


Las fuerzas que solían amotinarse eran las de mayor experiencia y los soldados más expertos y veteranos. Por lo tanto las fuerzas amotinadas eran imprescindibles en la guerra contra las provincias sublevadas. La participación de estos soldados en un combate podía decidir una batalla de ahí el interés del gobierno por acabar con los motines. Para solucionar los motines los delegados del gobierno de Flandes optaban por convinar la represión miltar con la negociación prevaleciendo ésta última. Las peticiones de los amotinados solían ser siempre las mismas: perdón general para los amotinados y los que les han dado cualquier tipo de apoyo, pago de todas las pagas íntegras atrasadas incluídas las de los compañeros muertos en combate bien antes del amotinamiento o bien durante el amotinamiento. Finalmente se exigía pasaporte para los líderes del motín y para cualquiera que quisiese abandonar Flandes. También se añadían otras reclamaciones como la construcción de un hopital militar, de un almacén militar, el contar con un cirujano, con un capellán, la supresión de castigos corporales.


Sin embargo todos eran conscientes de las dificutades del gobierno en cumplir con las principales reivindicaciones por lo que los amotinados aceptaban una solución temporal, en especial la llegada de parte de las pagas adeudadas. De tal forma volvía la calma y el gobierno recuperaba a esas fuerzas amotinadas hasta el siguiente motín. Una vez impuesto el apaciguamiento el gobierno intentaba deshacer a los amotinados. Los líderes del motín eran enviados a las líneas de frente más peligrosas o detenidos y muertos por algún delito (robo, violación…). El resto de los amotinados solían ser diseminados por otras unidades.

4. CONCLUSIÓN

El ejército de Flandes fue, en parte, el causante de su propio desastre: un ejército numeroso en hombres pero cansados de esforzarse en una lucha interminable de frentes variables e incluso invisibles; sin pagas adecuadas, sin vestimenta apropiada, sin armamento adecuado, sin alimento digno. Todo esto era sabido por el enemigo que le llevaba a insistir en una lucha de desgaste material, humano y moral. La situación económica, política y militar de España hizo que se produjesen constantes motines lo cual motivaba al enemigo a insistir en su hostilidad contra el soldado español en Flandes.