Fecha:9/23/07
Autor: Enrique Villuendas
Titulo: Los Torneos Medievales
>>Los torneos medievales: entre la historia y la leyenda.
Sin duda alguna la imagen más representativa que tiene de la Edad Media en general el público no especializado es la de las justas caballerescas, los célebres torneos que nos muestran las películas de hollywood (¡cuánto daño ha hecho el cine, y cuánto ha manipulado la correcta divulgación de la Historia!), con esas impresionantes armaduras, esas parejas de luchadores enfrentados en el palenque, esas damas que pierden el oremus ante un buen lance de su caballero y ese público entregado con fanatismo, poco menos que cantando We will rock you...! :rolleyes: Legend y otros grupos similares han aprovechado esta imagen del torneo medieval para ofrecer al público un espectáculo que resulta muy popular, muy llamativo y emocionante pero que, si bien en esencia responden a hechos reales, en algunos aspectos poco tiene que ver con las auténticas justas del medievo, cuyo sentido y orígenes son bastante ignorados para el público.

Como sabemos, durante la Edad Media la Caballería fue mucho más que una mera clase de tropa montada. Tengamos en cuenta que la palabra "caballo" en inglés es "horse", mientras que "Caballería" no es "Horsery" (como parecería lógico) sino "Cavalry", lo que indica que no es el caballo quien da nombre al caballero sino al revés. De hecho, a los peones a caballo se les denominaba "sargentos", "sergeants" o "horsemen", rango de villanía muy distinto del "gendarme" francés (que era un gentilhombre con armadura completa), el "knight" inglés o el "caballero" hispano (cuyo status social era inevitable y necesariamente nobiliario). El elevado coste económico del mantenimiento de una montura había hecho que ya desde la Antigüedad sólo las clases adineradas pudieran combatir a caballo.
La generalización del uso del estribo y la lanza en posición de ristre, bajo la axila, a finales del siglo XI en Europa occidental convirtió a los jinetes en una élite que dominó los campos de batalla, de modo que el nuevo sistema de ataque, unido a la difusión de la cota de malla como arma defensiva, transformó a los caballeros en una fuerza de choque imparable. Sin embargo, en un principio esta forma de combatir -que surgió en la Normandía francesa y resultó de gran efectividad durante la Primera Cruzada- exigía un mayor entrenamiento colectivo, de modo que a principios del siglo XII se tienen noticias de enfrentamientos amistosos en campo abierto entre grupos de guerreros de localidades diferentes. No existían normas: sólo se definían algunos lugares como refugio y las armas eran las utilizadas habitualmente en la guerra, por lo que estos primeras actividades, digamos "lúdicas", pronto empezaron a resultar bastante preocupantes por su gratuita peligrosidad.

Sin embargo era difícil detener este tipo de prácticas por lo que conllevaban de espíritu guerrero y combativo y porque el botín obtenido en los combates eran la montura y arneses del caballero derrotado, por los cuales debíanse pagar fuertes sumas en concepto de rescate, de tal modo que hacia 1125/1130 la práctica de estas incipientes justas en el norte de Europa había llegado a tal nivel de popularidad que la Iglesia optó por pronunciarse en su contra en el Concilio de Clermont (1130), declarando solemnemente que el Santo Padre consideraba detestables los festejos a los que la soldadesca solía concurrir y prohibía toda ostentación de fuerza gratuita y peligrosa, negando la sepultura eclesiástica a cuantos muriesen durante su participación en ellas:
IX.- Detestabiles autem illas nundinas vel ferias, in quibus milites ex condicto convenire solent, et [ad] ostentationem virium suarum pericula sepe proveniunt, omnino interdicimus. Quod siquis eorum ibidem mortuus fuerit, quanivis ei poscenti penitentia et viaticum non negetur, ecclesiastica tamen careat sepultura.
(Actas del Concilio de Clermont, 18 de noviembre de 1130)
A pesar de la condena de la Iglesia, el éxito de estas justas era ya imparable: poco a poco se fueron imponiendo una serie de reglas que establecían lugares oficiales donde practicar estas actividades y, sobre todo, armas ofensivas y defensivas que debían utilizarse, como por ejemplo armaduras de tela acolchada o, posteriormente, de cuero hervido (cuir bouilli), dando origen a un tipo de armadura denominado cuirass (origen de la palabra “coraza") y yelmos completamente cerrados, cuyo campo de visión era muy reducido...

El origen de los entrenamientos militares con armamento simulado y los enfrentamientos individuales para dirimir cuestiones de honor (ordalías, juicios de Dios, etc) son tan antiguos como la propia formación de los ejércitops, pero las justas y torneos van a ir más allá de estas p´racticas por cuanto su carácter es exclusivamente “deportivo”, entendiendo por tal concepto el sentido lúdico y competitivo pero incruento y relacionado con el entrenamiento militar, el prestigio social y el espectáculo popular, aunque en estos lejanos tiempos medievales aún no se considere en relación con los hábitos de salud, que no se desarrollarán hasta finales del siglo XIX . Sólo así se entienden la existencia de una serie de normas, un sistema de puntuación y un armamento específico, que alejan los torneos de toda dimensión legal o religiosa. El vencedor del torneo será el brazo más fuerte, el que rompa más lanzas, el que derribe más caballeros, obteniendo como premio las costosísimas monturas de los adversarios derribados.

En España este fenómeno hizo su aparición de forma tardía, ya que la Reconquista dejaba poco espacio para la práctica de estas actividades. En un principio el término “torneo” hacía alusión a un tipo de táctica militar consistente en el ataque y repliegue de las tropas al campamento (torneament) para reagruparse, si bien las primeras noticias sobre torneos deportivos las encontraremos en la Corona de Aragón, sin duda por su proximidad y mayor contacto con el vecino reino de Francia. En 1272 está documentado un torneo deportivo con motivo del encuentro de Jaime I de Aragón y Alfonso X de Castilla en Valencia, si bien tras una época dorada que coincide con la expansión mediterránea aragonesa, las referencias a torneos en el siglo XIV se encontrarán más frecuentemente en Castilla, donde en 1324 se organiza una justa con motivo de la entrada del rey Alfonso XI en la ciudad de Sevilla.

¿Cómo se desarrollaba un torneo medieval?
Originariamente eran combates en campo abierto entre dos equipos, tal y como nos lo narra el poema de Guillermo el Mariscal estudiado por el profesor Georges Duby, pero esta modalidad no parece que sobreviviera al siglo XII. Pronto los torneos fueron trasladados a recintos “cerrados” o “vallados” (por ejemplo, los palenques o lizas, el espacio entre dos lienzos de muralla interior y exterior de una ciudad o un castillo) con el fin de permitir la asistencia de espectadores. En un principio, no obstante, los combates simulados continuarán consistiendo en una melée de caballeros que, poco a poco, serán sustituidas por el pas d’armes o enfrentamientos individuales en los que uno o varios caballeros anunciaban su intención de defender un paso o puente.
Por supuesto, siguieron practicándose los combates con armamento real, incluso incrementándose, generalmente en combates a pie con espada, daga o hacha. Junto a ellas aumentan también las competiciones de carácter simplemente lúdico, consistentes en ensartar la punta de la lanza en un anillo o golpear un escudo giratorio en lo alto de un poste. En España fueron asimismo muy populares los juegos de cañas, consistentes en dos equipos que arrojaban jabalinas sobre los escudos del contrario. Seguramente las justas fueron la transformación en espectáculo deportivo de una serie de entrenamientos militares más propios de la guerra librada en la Península contra los musulmanes.

El siglo XV será la época dorada de los torneos, que se convocaban junto a los castillos, de forma periódica o con ocasión de acontecimientos especiales, como coronaciones, matrimonios, firma de tratados o treguas, entre otras. En 1434 destacará el Passo Honroso del Puente del Río Órbigo organizado por Suero de Quiñones y al que acudieron caballeros procedentes incluso de Alemania, que conocemos bien gracias a la crónica de Pero Rodríguez de Lena.
El organizador establecía las normas que debían regir y enviaba heraldos a los caballeros invitados o que quisieran participar. La celebración tenía lugar en un recinto cerrado, generalmente de planta ovalada, alrededor del cual se disponían las gradas para el público asistente, muy fastuosas y decoradas para los personajes importantes, y sencillas para el pueblo llano; junto a estas instalaciones se levantaban las tiendas destinadas a los caballeros, sus escuderos y criados, así como a los oficiales que se cuidaban del correcto desarrollo del evento; además, las localidades próximas se engalanaban para acoger a los visitantes y participantes, en muchas ocasiones venidos de tierras lejanas.
Diversos caballeros conocedores de las reglas hacían las funciones de jueces, supervisaban el correcto estado de las armas y tomaban juramento a los participantes sobre su noble comportamiento; otra figura importante era el rey de armas, encargado de anunciar a los distintos contendientes.
Los caballeros tenían que especificar su linaje, pues sólo podían enfrentarse entre sí los de un mismo nivel, y situar su estandarte en el campo. Con carácter previo, era habitual que se celebrasen enfrentamientos entre escuderos con armas ligeras, como espadas, que les servían de prueba. Dentro ya del torneo propiamente dicho, en un primer combate, cada participante escogía uno de los estandartes como contrincante, y se enfrentaba a él lanzándose de frente con su montura y lanza; vencía quien rompía más lanzas contra el rival. Al principio, se hacía sin separación entre los caballeros, pero con el tiempo se colocó una valla entre ambos para garantizar la seguridad.

A continuación, la lucha proseguía a pie, con espadas y mazas, para concluir con un enfrentamiento colectivo entre dos grupos de caballeros, que concluía cuando el rey de armas daba la señal de detenerse. Al objeto de evitar accidentes, entre las normas que regían estos combates estaban el no herir de punta al rival ni al caballo, no luchar varios contendientes contra un mismo rival y no asestar golpes al caballero que alzase la visera de su casco. El vencido y sus armas quedaban a disposición del vencedor, quien recibía su premio de mano de los jueces y acostumbraba a depositarlo a los pies de la dama elegida.
Finalmente, los torneos acostumbraban a concluir con un gran banquete al que asistían todos los participantes y en el que las damas homenajeaban a los vencedores; no en vano, tenían también un cierto componente cortés a lo largo de toda la celebración.
BIBLIOGRAFÍA
BALBÁS, Y. : Torneos medievales (deporte como ostentación del poder). Revista "Memoria (La Historia de cerca)" Nº VI, sept. 2007. Págs. 104-112
INTERNET: http://www.arteguias.com/torneosmedievales.htm