Fecha:10/8/07
Autor: Enrique Villuendas
Titulo: Los Lansquenetes

>>Los Lansquenetes: Mercenarios del Emperador.

Maximiliano I de Austria, abuelo del emperador Carlos V
La palabra alemana Landsknecht significa literalmente “siervo del país”. Pronto se transformó en Lanzknecht (“siervo de la lanza”), haciendo referencia a la pica o lanza, arma principal de este cuerpo de infantería. Hoy día con el término lansquenete nos referimos a los mercenarios alemanes que sirvieron bajo las órdenes de Maximiliano I y de su nieto, Carlos V. Esta tropa mercenaria apareció en los campos de batalla europeos en el Renacimiento sustituyendo en importancia a la célebre caballería medieval, que perdía terreno rápidamente frente a las armas de fuego (mosquetes, arcabuces, cañones) y frente a los sólidos escuadrones de piqueros suizos. El emperador alemán Maximiliano I (1459-1519) quiso dar un orden a estos indisciplinados mercenarios y les obligó a jurar voto de fidelidad, transmitiéndoles un sentido de la disciplina y de espíritu de cuerpo.
En el momento de alistarse los lansquenetes juraban una Carta de Artículos donde se exponían sus derechos y deberes así como las penas por infracciones de la disciplina. Cada soldado juraba también fidelidad a su causa, al emperador y a sus oficiales y prometía regirse por las leyes de dicha Carta. El regimiento se componía de diez compañías o Fählein (“banderas”) formadas por 400 hombres, de los cuales 100 eran veteranos (llamados Doppelsöldner porque cobraban el doble que un soldado normal). Las compañías, a su vez, se dividían en Rotten (“batallones”) de diez soldados. Todas estas divisiones contaban, lógicamente, con sus oficiales al mando (sargentos, capitanes, coroneles) e incluso con una policía militar (Provost) encargada de mantener el orden y la disciplina en las filas del ejército mercenario.

Los lansquenetes recibieron una organización e instrucción similar a la de los piqueros suizos, que eran los reyes de los campos de batalla europeos desde mediados del s. XV. Sus uniformes eran muy llamativos, con amplias mangas acuchilladas de colores vistosos y grandes gorras emplumadas. Raramente llevaban armadura, y si lo hacían apenas llegaba a cubrir el pecho y las piernas. Sus armas básicas eran la pica (su arma principal) de fresno, de unos cuatro metros y medio de longitud; la alabarda (distintiva de los Doppelsöldner) y la espada, que era de dos tipos: la corta Katzbalger, de unos 70 cm. y empuñadura con protectores en forma de S, y la enorme Zweihändero mandoble usado sobre todo por los Doppelsöldner (ver ilustraciones).
Dentro de la notable evolución de los ejércitos en el período renacentista se encuentra la introducción de las primeras armas de fuego en los campos de batalla. A las primitivas bombardas y cañones pronto se añadirá el arcabuz, que se disparaba prendiendo la pólvora del tiro mediante una mecha móvil. Tenía un alcance de unos 300 m, pero era muy poco preciso y completamente inútil si la pólvora o la mecha se mojaban por la lluvia. Un detalle que nos habla de la fortaleza física de los lansquenetes imperiales es que, a pesar de su peso considerable, usaban el arcabuz sin utilizar una horquilla de apoyo, cosa que sí será necesaria cuando aparezca el mosquete, de cañón más largo y mayor precisión en el disparo.
Los lansquenetes son, de este modo, el mejor ejemplo de los grandes cambios que se producen en la organización del Ejército a comienzos de la Edad Moderna. Los monarcas autoritarios del Renacimiento ya no dependerán de las huestes o mesnadas que aporten sus nobles y que eran disueltas al terminar la contienda, sino que contarán con unas tropas permanentes a las que pagarán con dinero de las arcas estatales. El poder imperial se apoyaría, por tanto, en la fuerza de estos soldados, cuya condición de mercenarios hacía muy difícil, por no decir imposible, controlar su espíritu levantisco e indisciplinado cuando la paga no llegaba a su hora. El voto de fidelidad al emperador, al rey o a los oficiales tenía un precio; no era una cuestión de lealtad. Sin dinero, no se combatía. Surgía entonces el motín, la rebelión, el saqueo indiscriminado de las tierras conquistadas...

EL SACO DE ROMA (6 de mayo de 1527)
Enmarcado en las guerras entre Francia y el Imperio español, el llamado Saco de Roma se produjo cuando los lansquenetes del emperador Carlos V, dirigidos por el Condestable de Borbón, cayeron sobre la Ciudad Eterna para obligar al papa Clemente VII (aliado de Francisco I de Francia) a reconocer las reclamaciones imperiales en Italia. Sin haber recibido sus pagas, hambrientos y exasperados ante la ridícula cantidad de dinero ofrecida por el pontífice para evitar el ataque, los mercenarios alemanes fueron finalmente autorizados por el Condestable a asaltar Roma. El papa se refugió con su Guardia Suiza en el castillo de Sant’Ángelo mientras los lansquenetes (enfurecidos y descontrolados por la muerte de su jefe a poco de iniciarse el asalto) se lanzaban al saqueo indiscriminado de la ciudad, entregándose a una orgía de sangre y devastación. Carlos V lamentó públicamente el hecho, pero el ejército imperial aún se mantuvo en Roma durante bastante tiempo. Finalmente, vencido el rey de Francia, el papa Clemente VII aceptó recibir a Carlos en Italia y coronarle emperador.