Fecha:9/9/07
Autor: Enrique Villuendas
Titulo: La Batalla de Bouvines

>>BOUVINES: LA GRAN DESCONOCIDA
Conocemos los pormenores de esta batalla gracias a Guillermo el Bretón (Guillaume le Bréton), un monje cronista y aventurero de apasionante peripecia vital que acompañó al rey francés en numerosas campañas militares y fue confidente y testigo personal de los heroicos hechos desplegados por los nobles de ambos ejércitos, escribiendo un relato en latín sobre el encuentro de Bouvines apenas unos meses después de la batalla, si bien tratándose de un cronista franco-normando es claro que su visión adolezca de cierto maniqueísmo, con un bando francés adornado por todas las virtudes guerreras y caballerescas y un bando germano-flamenco manchado por todos los vicios. Relato honesto, no obstante, en la medida de que no se deja seducir por la retórica ni por el deseo de hacer gala de cultura clásica, sino simplemente realzar la gloria de los Capetos con un relato circunspecto, sencillo y muy claro. En definitiva, un testimonio insuperable.
El historiador francés Georges Duby publicó en 1973 una obra titulada El domingo de Bouvines donde hace una magnífica descripción de la batalla basándose en el relato de Guillermo el Bretón contrastado con tres textos más de la época, narrando sus antecedentes, desarrollo y consecuencias dentro del marco político, económico y militar que la rodeó, en un texto ameno y sencillo que tomaremos como punto de partida para exponer este tercer y último capítulo de las batallas que cambiaron la faz de Europa a comienzos del siglo XIII.
LOS ANTECEDENTES
En estos momentos Francia es un reino en mantillas que dista mucho de tener la extensión territorial que hoy le conocemos. Una buena parte del país está en manos de la corona de Inglaterra, ya que debemos recordar que los reyes ingleses descienden de la Casa Anjou-Plantagenet, originaria de Normandía, cuyo duque Guillermo había conquistado la isla tras la derrota del rey sajón Harald II en Hastings en 1066. Por tanto no es de extrañar que en torno a 1210 aún toda la región de Aquitania, Anjou y Normandía propiamente dicha estén en manos inglesas, mientras que Occitania -como sabemos- mantenía un status político especial a medio camino entre la independencia y el vasallaje a la Corona de Aragón y los condados flamencos mantengan una actitud de constante rebeldía y hostilidad hacia la corona francesa, de modo que el rey de Francia era en aquel momento señor de apenas unos pocos territorios al norte del Loira, con su capital ya en París, pero constantemente amenazados. Precisamente será el rey Felipe Augusto quien comience la gran tarea de conquista y consolidación del reino, lo que le llevará a tejer un complicado tapiz de alianzas y enfrentamientos con sus vecinos.

El rey Felipe II Augusto de Francia
Piadoso guerrero, encarnación de las virtudes caballerescas, Felipe Augusto de Francia participaría en la Tercera Cruzada (1189-1192) junto a Ricardo de Inglaterra, pero la enemistad entre ambos monarcas hizo que, tras la toma de San Juan de Acre (donde los dos reyes fueron afectados por enfermedades que en el caso de Felipe de Francia le hicieron perder la visión de un ojo), el rey francés regresase a su patria dejando solo al Plantagenet, que reconquistó buena parte de los estados latinos de Oriente pero sin llegar a tomar Jerusalén a las tropas del sultán Salah al-Din.
A su regreso, Ricardo fue capturado por el rey Leopoldo de Austria, quien lo entregó a su enemigo el emperador de Alemania Enrique VI. Viendo la oportunidad, Felipe de Francia buscó la alianza con Juan sin Tierra frente a su hermano Ricardo, obteniendo por pactos los territorios de Normandía y Évreux, pero al ser liberado Ricardo Corazón de León tales pactos quedaron sin efecto y el francés hubo de devolver a Inglaterra lo obtenido. Sólo la muerte de Ricardo en 1199 arregló la situación, si bien planteando nuevas incógnitas.
La muerte de Ricardo Corazón de León abrió un delicado proceso sucesorio en Inglaterra, donde Juan sin Tierra hubo de enfrentarse a su sobrino, el conde Arturo de Bretaña, que era un serio candidato a la corona inglesa. Felipe Augusto, entonces, jugo la baza de aliarse con Arturo frente a Juan sin Tierra y, de este modo, el condado de Bretaña le rindió vasallaje en 1199. La captura y muerte de Arturo en 1203 y el regreso de Juan sin Tierra a Inglaterra a Inglaterra para hacerse cargo de sus dominios permitieron a Felipe Augusto hacerse con la Normandía (toma de Château-Gaillard en 1204) y continuar sus conquistas por Aquitania. Entre 1206 y 1212 el rey francés se dedicó a consolidar sus conquistas, siendo bien aceptado en Champaña, Bretaña y Auvernia, pero los condados de Flandes y de Boulogne seguirían causándole graves quebrantos debido a que el conde de Boulogne Rennaud de Danmartín negoció con el enemigo a pesar del matrimonio de su hija con un vástago del rey Felipe y Ferrand (o Fernando) de Flandes, vasallo de Francia, también se volvió contra el monarca debido a sus intereses comerciales con Inglaterra, de tal modo que en 1213 Felipe II Augusto decidió invadir y arrasar las tierras flamencas.

Coronación de Felipe Augusto
A todo ello debe añadirse el problema germánico: tras la muerte del emperador Enrique VI Hohenstaufen, sucedida en 1197, el Papa Inocencio III tenía que designar al nuevo emperador. Había dos candidatos para el cargo: por una parte, Otón de Brunswick, un güelfo partidario del Papa, avalado por su tío Juan sin Tierra y favorito de Inocencio III y, por otra, Felipe de Suabia, hermano de Enrique VI, avalado por Felipe Augusto y coronado rey de los Romanos en 1205. Felipe de Suabia fue asesinado en junio de 1208 y, sin rival, Otón fue coronado emperador en octubre de 1209. Inocencio III se arrepintió enseguida de esta elección pues el nuevo emperador traicionó sus convicciones papistas y puso rápidamente de manifiesto sus ambiciones italianas. Otón fue excomulgado en 1210 y Felipe Augusto negoció con el rey de Sicilia, Federico de Hohenstaufen, el hijo de Enrique VI, que había sido coronado rey de Romanos en Maguncia en 1212, una alianza con la que Felipe Augusto, esperaba poder hacer frente a las ambiciones de Otón.

Sello del príncipe Juan Sin Tierra
En 1212, haciendo un breve resumen del complejo cuadro de alianzas que acabamos de pintar, el conde Renaud de Boulogne (principal instigador de la coalición) buscó la alianza con el emperador alemán Otón de Brunswick y se puso bajo el vasallaje de Juan sin Tierra, que no tardó en abrir de nuevo las hostilidades contra Felipe Augusto. Al mismo tiempo, como acabamos de ver, la Cruzada Albigense se desarrollaba en los estados de Occitania, pero Felipe dejó en manos del barón de Monfort este frente, ya que estaba mucho más preocupado por el problema inglés. El rey llegó a disponer una armada para invadir Inglaterra, con el apoyo de todos sus vasallos a excepción del conde Ferrand de Flandes, pero los barcos franceses fueron asaltados y destruidos en Damme en 1213. Felipe Augusto y su hijo Luis (futuro Luis VIII) invadieron y arrasaron las tierras de Boulogne y de Flandes.
Un intento de invasión por parte de Juan Sin Tierra en el Poitou fue abortado por el príncipe Luis el 2 de julio de 1214, de tal manera que fue en el Norte del país donde debía resolverse la contienda. El enfrentamiento entre Felipe Augusto de Francia y la coalición formada por Otón de Alemania, Renaud de Boulogne, Ferrand de Flandes y Juan sin Tierra (a través del conde Guillermo de Salisbury) era inevitable...
LOS PROTAGONISTAS
Nuevamente volvemos a encontrar en esta ocasión a dos de los personajes históricos que conocimos en la batalla de Muret: el papa Inocencio III y el rey francés Felipe II Augusto, sobrenombre que le ha dado la historia precisamente a causa de su intensa labor de conquista territorial y consolidación de la corona francesa.
Ya dijimos algo en el anterior capítulo de este trabajo acerca del papa Inocencio III (Lotario de Conti, 1161-1216), que junto a Gregorio VII es sin duda uno de los pontífices más influyentes (totalitario, lo llama Georges Duby en acertada expresión) de la Edad Media, pues manejó los hilos de las alianzas, contraalianzas, excomuniones, cruzadas, treguas y concordias de modo ejemplar, siendo árbitro de la política europea durante todo su pontificado, especialmente en el caso de la sucesión imperial alemana. Enemigo tradicional del Imperio Germánico por causa de la Guerra de las Investiduras, la subida al trono de Otón de Brunswick (partidario de los güelfos) fue auspiciada y protegida por Inocencio III, mas como ya hemos dicho pronto el otónida puso de manifiesto sus planes de expansión a costa de los territorios italianos, lo que le costó la retirada del apoyo papal e incluso la excomunión, de manera que cuando Felipe Augusto buscó la alianza con Federico II Hohenstauffen de Sicilia contará para ello con el beneplácito del Papa. Este apoyo se veía reforzado, como ya sabemos, por la cruzada contra los cátaros en el Languedoc, predicada por el Pontífice y cuyo peso recaía en las tropas francas al mando de Simón de Monfort en nombre del rey Felipe, bastante ocupado ya con sus enemigos ingleses, flamencos y alemanes.

Felipe Augusto arengando a sus tropas
Felipe II Augusto está considerado como uno de los más afamados monarcas franceses de la Edad Media junto a San Luis (Luis IX, su nieto). Hijo de Luis VII, nació en 1165 y fue coronado a los catorce años, en 1179, muriendo su padre al año siguiente. Heredó un reino exiguo y una corona muy debilitada, amenazada por numerosos enemigos, en especial la Inglaterra de Enrique II y sus hijos Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, de modo que buena parte de su reinado tuvo que emplearse en la ampliación de sus fronteras y la consolidación de la monarquía. Por si ello fuera poco, participó en la Tercera Cruzada, en la toma de San Juan de Acre, si bien se retiró de nuevo a su patria sin llegar a conquistar Jerusalén. Intervino en la cuestión sucesoria en el condado de Flandes y defendió su reino en Bouvines frente a las aspiraciones de sus enemigos políticos, constituyendo así uno de los monarcas más representativas de la Europa del siglo XIII junto a Alfonso X el Sabio de Castilla o Jaime I el Conquistador de Aragón. Además encarnó el ideal caballeresco en la Francia del Norte de la misma manera que Raimundo VI de Tolosa y los condes occitanos lo hicieron en el Midi. Carismático, piadoso, objeto de admiración de sus súbditos y protagonista de numerosas obras literarias, protegió las artes, encargó crónicas de su reinado, sufragó obras arquitectónicas y reorganizó toda la estructura administrativa de su reino, siendo por todo ello conocido como Felipe Augusto por la historiografía.
Por su parte, el intrigante conde de Boulogne, Renaud de Danmartín (1165-1227), había sido amigo de la infancia del rey Felipe y había gozado de su simpatía a pesar de que su padre le obligase a luchar del lado de los Plantagenet ingleses contra la corona de Francia. Sin embargo las relaciones entre ambos a partir de entonces fueron tirantes. Renaud logró apartar el condado de Boulogne del vasallaje flamenco y ponerlo bajo la tutela de Francia, pero en 1211 volvió a enemistarse con Felipe Augusto y al año siguiente pactó con Juan Sin Tierra y le rindió vasallaje, siendo el principal instigador de la alianza con Otón de Brunswick y Ferrand de Flandes.
En cuanto al conde Fernando de Flandes (Ferrand), era hijo del rey de Portugal y alcanzó el título condal por matrimonio con la condesa Juana de Flandes en 1211, con el beneplácito del rey de Francia. Desde el primer momento Fernando se mantuvo bajo la autoridad de Felipe Augusto, pero cuando en 1212 éste le llamó a la lucha contra Juan Sin Tierra, Fernando puso condiciones, ya que ello suponía enemistarse con un país que proveía de buena lana y otros tejidos a los telares flamencos. Fernando no aceptó las compensaciones territoriales ofrecidas por su protector y éste invadió el condado de Flandes arrasando varias ciudades y obligando a Ferrand a buscar refugio en el Imperio Germánico. Tras varios enfrentamientos y derrotas el conde, enfermo, sólo tuvo tiempo de huir y, acompañado por algunos caballeros flamencos, buscó refugio en Inglaterra. Se constituyó entonces la coalición de los flamencos de Fernando, los boloñeses de Renaud, los ingleses de Juan sin Tierra, y los alemanes de Otón IV de Brunswick.
Un panorama, como vemos, lleno de intrigas, alianzas, contraalianzas, venganzas y traiciones que desembocarían en la jornada de Bouvines, donde se iban a dirimir de una vez por todas las rivalidades de las que dependía el futuro de la corona francesa.
LA BATALLA
La batalla de Bouvines se enmarca dentro de la campaña de Flandes por parte de Felipe II Augusto. Recordemos que a comienzos de julio el príncipe Luis había sido enviado por su padre al Poitou mientras el rey se encargaba de atacar las ciudades y aldeas flamencas rebeldes. Fue allí, pues, donde supo de la existencia de un gran ejército aliado y vio la oportunidad de acabar con sus enemigos de una vez por todas.
El día anterior a la batalla el ejército de Felipe Augusto se encontraba en Tournai, unos 12 km. al E. de Bouvines. El rey y sus comandantes decidieron presentar batalla tan pronto como les fuera posible y buscaron un lugar adecuado donde enfrentarse a sus enemigos. Por su parte Otón y los aliados se encontraban esa misma mañana en Mortagne (unos 12 km. al sudeste de los franceses) y estaban convencidos de su próxima victoria, por lo que cuando recibieron la noticia de la posición del ejército franco abandonaron Mortagne y se dirigieron en su persecución. Felipe Augusto se detuvo en Bouvines, una ciudad próxima a una amplia campiña bordeada por un río y unas marismas, en cuya capilla oyó misa, rezó y arengó a sus capitanes.
El ejército aliado había estado siguiendo al francés a gran velocidad. Sin embargo, su estrategia iba a ser errónea: en lugar de esperar al resto de sus efectivos para impresionar y enfrentarse al enemigo con todo su potencial, los caballeros flamencos -llevados por el orgulloso espíritu individualista del noble guerrero- se presentaron primero ante el ejército francés formando sus propias unidades. Antes de que comenzase la batalla, se les uniría una segunda división y cuando la refriega ya estuviese en marcha continuaron llegando soldados aliados, algunos de los cuales llegaron solamente a ver el final de la batalla y la derrota de sus unidades.
El ala izquierda de los aliados estaba al mando de Fernando de Flandes y la conformaban la caballería flamenca y de Hainaut, que se enfrentaría al ala derecha francesa, compuesta por caballería pesada reforzada por jinetes ligeros al mando de Guérin, duque de Borgoña. En el centro se encontraba el emperador Otón de Brunswick con sus barones alemanes a caballo y un nutrido grupo de infantes. Frente a él, Felipe Augusto también con su caballería e infantería. Y finalmente, en el ala derecha aliada Reinaud de Danmartin, conde de Boulogne, y Guillermo de Salisbury (conocido como Espada Larga) comandaría una fuerza formada por sus propios hombres, pagados con dinero inglés. Este ala contaba, al parecer, con poca caballería y se fue incrementando durante el transcurso de la batalla con nuevos soldados flamencos, ya que se hallaba próxima al camino. Frente a ella, el ala izquierda francesa estaba compuesta por caballeros e infantes al mando del duque Felipe de Beauvais y el conde Robert de Dreux:

En todos los relatos contemporáneos la batalla de Bouvines es descrita como un encuentro de grandes dimensiones. Algunos de ellos se habla de 80.000 soldados en cada bando, aunque se han sugerido cifras mucho más modestas, entre los 5.000 y los 20.000. La caballería era el arma dominante de ambos ejércitos, aunque sin superar nunca a las fuerzas de infantería, que en el caso flamenco cuadruplicaban a los caballeros. Al frente de las tropas francesas iba la oriflama de Saint-Denis, el estandarte de Francia.
La batalla comenzó con el enfrentamiento entre el ala izquierda aliada de Ferrand de Flandes y el ala derecha francesa de Guérin de Borgoña con cargas de caballería simultáneas, caballo contra caballo con lanzadas bajas. Esta primera fase de la batalla (1, en el esquema) no duró mucho, apenas una hora, y en ella al parecer no intervino la infantería. Mientras tanto el rey Felipe frenaba su impulso de atacar y contenía a sus tropas, sabedor de que su posición en aquél instante (con la caballería en segunda línea) era más favorable a la defensa que a un ataque descontrolado.
Sin embargo Otón de Brunswick sí decidió cargar contra las líneas centrales francesas (2) cuando aún su ala izquierda peleaba contra los caballeros del duque de Borgoña. En esta segunda fase de la batalla las tropas imperiales tuvieron un éxito inicial, arrollando a la infantería francesa y haciendo incluso descabalgar al propio Felipe Augusto ante su empuje. Así lo narra Guillaume le Breton en su relato:
“Mientras luchaban contra Otón y los alemanes, los peones que en primera fila estaban alcanzaron repentinamente al rey y le derribaron de su caballo con lanzas y garfios de hierro. Si la soberana virtud y la armadura especial que su cuerpo llevaba no le hubiesen protegido, allí le habrían matado”

El rey Felipe Augusto es derribado del caballo por peones alemanes
Fue sin duda el momento más crítico de la batalla para el rey Felipe Augusto, pero afortunadamente para él las líneas francesas no se rompieron, de modo que los nobles que acompañaban a Su Majestad dieron muerte a los peones y sargentos que trataban de acabar con él y, finalmente, el ataque alemán fue decayendo ante el empuje de la infantería francesa apoyada por la caballería, que pasó a tomar la ventaja ya que en ese momento (3) los guerreros del duque de Borgoña habían rechazado el ataque de Ferrand de Flandes y acudieron a reforzar las líneas del centro. Al final, el propio caballo de Otón de Brunswick resultó herido, abandonando el emperador el campo de batalla y dando el triunfo a los franceses también en este sector.
Por último, cuando aún no había acabado la lucha entre la batalla de Felipe y la del emperador, se produjo el choque entre Renaud de Boulogne y el duque Guillermo de Salisbury –muy confiados al recibir gran número de tropas- y el ala izquierda francesa, comandada por Robert de Dreux y Felipe de Beauvais (4). Este combate fue mucho más igualado, y en él, a decir de Guillermo el Bretón, el conde de Boulogne luchó siguiendo una curiosa táctica:
“El conde Renaud de Boulogne, que no se había alejado de su gente ni por un instante, seguía dando tan dura batalla que nadie podía vencerle ni superarle. Utilizaba éste en la batalla un nuevo arte pues había distribuido un doble círculo de sargentos de a pie bien armados, compacto y apretado, a la manera de una rueda: en el interior se dibujaba un cerco con un solo acceso por el que se entraba cuando se hacía una pausa o cuando los enemigos lo acorralaban demasiado; numerosas veces hizo esto el conde...”
Pero la última refriega no podía durar mucho. Reforzadas cada vez más las tropas francesas por las otras dos divisiones victoriosas, los únicos aliados que quedaban ya en el campo de batalla comenzaron a cansarse y a dispersarse (5). Sin embargo, sólo después de que el caballo del duque Renaud de Boulogne hubiese caído muerto, atrapando al noble en su caída, dejaron de combatir los seis únicos caballeros que le acompañaban. Los demás aliados, entre 5.000 y 20.000, habían caido prisioneros, habían huido o estaban muertos. Sin embargo, a pesar de la duración de la batalla y del gran número de participantes en la misma, las fuentes hablan sólo de 169 caballeros aliados muertos y dos franceses, lo cual puede ser una evidente exageración pero, en todo caso, nos habla muy bien de la resistencia de las armas de la época, que al parecer en el caso de Bouvines empezaban a incluir ya piezas rígidas junto a la tradicional cota de malla normanda.

Pendones nobiliarios en Bouvines
CONSECUENCIAS
Muchos caballeros aliados fueron capturados y verían las prisiones de Felipe. Los condes Ferrand de Flandes y Renaud de Boulogne, principales instigadores de la alianza contra Felipe Augusto, recibieron un castigo especialmente ejemplar, ya que Otón les había prometido los condados de Péronne a Renaud y París a Ferrand, y efectivamente recibieron lo que se les había prometido: Renaud fue encerrado en la torre de Péronne y Ferrand encadenado en la torre del Louvre de París. William de Salisbury, Guillermo de Holanda, el conde de Teckelnburg y otros 25 nobles y 139 caballeros cayeron también en manos del rey francés. Sólo Otón IV de Brunswick, Hendrick de Bramante y Hugo de Boves lograron escapar.
Evidentemente, la coalición se disolvió tras la derrota. El 18 de septiembre de 1214, en Chinon, Felipe Augusto firmó una tregua de statu quo, por cinco años, con Juan sin Tierra que, no obstante, continuó acosando, en el Sur, los dominios de la corona francesa. El rey inglés regresó a Inglaterra en 1214. Después del tratado de Chinon, Juan sin Tierra abandonó todas sus posesiones del norte del Loira: Berry y Turena que junto con el Maine y Anjou fueron devueltos al dominio real, abarcando, así, un tercio de Francia que, singularmente ampliado, quedó libre de cualquier amenaza.
CONCLUSIÓN FINAL
Las batallas de Muret y Bouvines, en poco más de un año de intervalo, supusieron para Felipe Augusto el comienzo de la ampliación y consolidación de sus fronteras norte y sur, y a pesar de que durante los siglos XIV y XV Francia aún tendría que sufrir una larga guerra de desgaste con su tradicional enemigo inglés, la monarquía gala quedaría definitivamente fortalecida con estas gloriosas victorias. Y si las Navas de Tolosa abrieron a Castilla las puertas de Andalucía y acabaron con el predominio almohade en la Península Ibérica, Aragón perdió a partir de Muret la oportunidad de engrandecer sus dominios en el Languedoc obligándole a concentrar su expansionismo hacia el Mediterráneo y el Imperio Germánico, Flandes e Inglaterra hubieron de renunciar a sus posesiones más allá del Loira al menos hasta que nuevos conflictos den lugar a más cambios.