Fecha:9/01/07
Autor: Enrique Villuendas
Titulo: Batalla Las Navas de Tolosa
>>LAS NAVAS DE TOLOSA: EL FIN DEL PODER ALMOHADE EN LA PENÍNSULA
Corría el año 1195 cuando cerca de la fortaleza de Alarcos las tropas castellanas de Alfonso VIII, con la caballería pesada al mando de don Diego López de Haro, unidas a los freyres de la Orden de Santiago y Calatrava sufrieron una estrepitosa derrota frente a las fuerzas almohades comandadas por el califa Abu Yaqub al-Mansur, que moriría en la refriega pero que a pesar de todo lograría conducir a sus guerreros a la victoria gracias a la agilidad y certeza de sus temibles arqueros Agzaz.

Alfonso VIII de Castilla
Después de Alarcos Castilla no tenía nada que oponer a la furia africana. Los almohades asaltaron la plaza fuerte de Calatrava, cuya guarnición pasaron a cuchillo, y alcanzaron en sus correrías hasta las puertas de Toledo y Madrid. La línea del Tajo apenas podía contenerlos. Sin embargo el prolongado esfuerzo de uno y otro bando y los aconteceres de la política interior del imperio almohade aconsejaron pactar. En 1197 Castilla y el Miramamolín (en árabe Amir ul-Muslimin, o "Principe de los Creyentes", era el título oficial de los califas almohades) concertaron una tregua de diez años.
Durante este período Alfonso VIII se ocupó de ajustar cuentas pendientes con el rey Sancho el Fuerte de Navarra, su ancestral enemigo que amenazaba las fronteras septentrionales del reino de Castilla para intentar ampliar su cada vez más rentringido territorio y a quien Alfonso (libre temporalmente de la amenaza almohade) obligó finalmente a firmar la paz. De esta manera, durante los primeros años del siglo XIII el rey de Castilla va a vivir una tensa calma durante la cual estrecha sus lazos de amistad con el vecino reino de Aragón, rumia la venganza de Alarcos contra el Miramamolín almohade y teme, sobre todo, un ataque combinado de navarros y leoneses (por entonces el reino de León estaba separado del de Castilla y gobernado por Alfonso IX) si concentra sus tropas en el Sur...

Para conjurar estos temores Alfonso necesitaba una bula papal que declarase la Cruzada contra los almohades, cosa que consiguió del papa Inocencio III (notable protagonista de esta época, al que veremos intervenir en siguientes ocasiones) ordenando a los reyes cristianos que aplazaran sus discordias personales en favor de la magna empresa común y amenazando con excomulgar a quien atacase al reino de Castilla mientras su tropas marchasen contra los infieles. Convocada, pues, la Cruzada contra los almohades, los reyes de León y Navarra nada pudieron hacer contra Alfonso de Castilla, y aún el rey Sancho el Fuerte prometió a regañadientes prestar su ayuda al castellano en la gran confrontación que se preparaba.

Inocencio III
Porque al mismo tiempo los almohades iban moviendo también sus piezas. En 1211 el Miramamolín Muhammad an-Nasir, un joven de treinta años rubio, de ojos azules, tartamudo, inteligente, avaro e hijo del califa muerto en Alarcos, llegaba a la península desde Marrakech, al frente de un ejército descomunal (las crónicas hablan de más de 100.000 hombres), dispuesto a doblegar a los cristianos de una vez por todas. Tras asediar y tomar la fortaleza de Salvatierra, regresó a Sevilla e intensificó los preparativos guerreros. Aún pasaría un año, no obstante, antes de llevarse a cabo la gran batalla que ya se anunciaba, tiempo durante el cual Alfonso VIII de Castilla llegó a hacer incursiones incluso por Levante y perdió a su joven hijo, el príncipe Enrique I, en un accidente fortuito a los doce años, lo cual le llenó de tristeza e hizo que concentrase aún más sus esfuerzos en la campaña contra los musulmanes.

Sello de Sancho VII el Fuerte de Navarra
La Cruzada convocada por Inocencio III atrajo en la primavera de 1212 a decenas de miles de aventureros, caballeros de fortuna y nobles de toda ralea y estirpe que conforme se iban aproximando a Toledo (lugar de concentración de las tropas cristianas) cometían asaltos, tropelías y abusos sin cuento sobre la población castellana, llegando incluso a asaltar la judería toledana, causando miles de víctimas. Al frente de los cruzados ultramontanos se encontraba el fanático arzobispo de Narbona, Arnault Amauric, otro protagonista al que también veremos actuar en Occitania al año siguiente. Y entre los numerosos caballeros ultrapirenaicos llegados al llamamiento de la Cruzada encontraremos también al conde Raimundo VI de Tolosa, que acompañará a su cuñado el rey don Pedro II el Católico de Aragón y sus respectivas mesnadas, que serían precisamente los primeros contingentes en acudir al encuentro de los castellanos en Toledo. El último en llegar sería Sancho de Navarra, con un pequeño pero bien entrenado y aguerrido contingente de caballeros.

Pedro II el Católico de Aragón
Partidos los cristianos de la ciudad del Tajo, se dirigieron hacia el sur al encuentro de los almohades, pero tras los desmanes producidos por los cruzados en Malagón, el pacto establecido entre Alfonso VIII y el alcaide de la fortaleza musulmana de Calatrava prometiendo protección a los pobladores frente a la soldadesca extranjera indignó a los ultramontanos, que abandonaron en masa al ejército cristiano para regresar a Francia o seguir cometiendo tropelías por tierras castellanas, todo ello a pesar de las reconvenciones, amenazas e insultos del arzobispo Amauric. Finalmente las tropas castellanas, navarras, aragonesas y los escasos ultramontanos que restaban en las filas cristianas alcanzaron los pasos de Sierra Morena, que habían sido convenientemente ocupados y controlados por las fuerzas del Miramamolín, haciendo imposible el acceso al Valle del Guadalquivir.

El abad cisterciense y arzobispo de Narbona Arnaud Amaury
Los cristianos necesitaban un milagro y el milagro ocurrió. Al menos eso sostiene la tradición. Ante Alfonso VIII se presentó un pastor que decía conocer un paso seguro que los almohades no vigilaban. Nada se perdía con probar. Don Diego López de Haro y un destacamento de exploradores acompañaron al rústico que los llevó primero hacia el oeste y luego hacia el sur, a través de los actuales parajes del Puerto del Rey y Salto del Fraile. Así fueron a salir, esquivando los relieves más comprometidos de aquellas montañas, a la explanada de la Mesa del Rey, donde se establecieron. Don Diego López de Haro comunicó al rey que el paso del pastor era perfecto, justamente lo que necesitaban. En cuanto amaneció el día siguiente, el grueso del ejército levantó el campamento y fue a acampar en la Mesa del Rey.

Diego López de Haro
Por fin se encontraban los dos inmensos ejércitos frente a frente sin obstáculo natural que los separase. Perdida su ventaja inicial, Al-Nasir decidió plantear la batalla lo antes posible para evitar que los cansados cristianos y sus caballos se repusieran de las fatigas de la caminata. Formó pues a su ejército en orden de combate, se situó favorablemente sobre el terreno y envió columnas de caballería y arqueros para que hostigaran a los cristianos en sus posiciones. Pero los reyes cristianos no mordieron el anzuelo y la actividad bélica de la jornada se redujo a pequeñas escaramuzas sin importancia.
Al día siguiente, domingo, 15 de Julio los almohades amanecieron formados en orden de combate y se mantuvieron de esta guisa hasta mediodía, pero los cristianos eludieron nuevamente el encuentro y se contentaron con escaramuzar. Los adalides de uno y otro bando analizaban la fuerza y disposición del adversario y tomaban las medidas oportunas para asegurarse la mejor fortuna en la batalla campal que se avecinaba.
Pocos conseguirían conciliar el sueño en los campamentos de las Navas la noche del día 15 de Julio de 1212. Unos y otros contemplarían el parpadeo de las luces del campamento enemigo mientras esperaban impacientes la amanecida del día decisivo. Todavía era de noche cuando en el campamento cristiano circuló la orden de prepararse para el combate. Pasaron los clérigos administrando la absolución a los cruzados que aprestaban arreos y armas.
Cuando clareo el día ya se habían desplegado las fuerzas. En el campo cristiano tres cuerpos de ejército dispuestos en línea ocupaban la llanura. El central estaba formado por las tropas de Castilla; a su izquierda, las de Aragón con Pedro II al frente y a la derecha los navarros de Sancho el Fuerte. Las dos alas habían sido forzadas con tropas de varios concejos castellanos. Cada uno de estos cuerpos estaba a su vez dividido en tres líneas ordenadas en profundidad.
La vanguardia del cuerpo central, que sería el eje de la lucha, iba mandada por el veterano don Diego López de Haro. En la segunda línea se ordenaban los caballeros templarios, al mando del Maestre de la Orden, Gómez Ramírez; los caballeros hospitalarios, los Santiaguistas de Uclés y los de Calatrava.
En la retaguardia iba Alfonso VIII acompañado por el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada y otra media docena de obispos castellanos y aragoneses y probablemente también por el arzobispo de Narbona. Los nobles caballeros y freires de las órdenes militares eran guerreros profesionales y se hacían acompañar de peones y servidores igualmente experimentados, pero a las tropas de los concejos, aportadas por las ciudades castellanas, les faltaba experiencia guerrera y entrenamiento. Por eso se había dispuesto que combatieran mezcladas con las tropas profesionales. De este modo la calidad sería más homogénea y la infantería y la caballería se prestarían mutuo apoyo.
El ejército almohade presentaba también tres cuerpos: en el primero un núcleo de tropas ligeras; en el segundo, el heterogéneo conjunto del ejército integrado por voluntarios de todo el dilatado imperio, incluyendo a los contingentes de al-Andalus; en la retaguardia, los almohades propiamente dichos ocupando la ladera del cerro de los Olivares en cuya cima Al-Nasir había plantado su emblemática tienda roja, en el centro de una fortificación de campaña construida por una amplia empalizada de troncos unidos y reforzados por cadenas. Este ingenio desempeñaba el papel de las alambradas en la guerra moderna. Defendía la empalizada una nutrida guardia de voluntarios armados de picas, arcos y hondas. Es de notar que muchos de éstos estaban atados por los muslos y enterrados hasta las rodillas. Eran los fanáticos imesebehlem ("desposados") de Al-Nasir que, sentado sobre su escudo a la puerta de la tienda, leía el Corán e impetraba la protección de Alá en el apurado trance de aquella batalla decisiva.

Arquero musulmán en un manuscrito árabe
Conviene decir unas palabras a propósito de este extraño y legendario contingente de guerreros. Los componentes de la guardia del palenque no eran, como sostiene la tradición historiográfica cristiana, desgraciados esclavos negros encadenados unos con otros para evitar su huida y obligados a combatir hasta la muerte. Más probablemente se trataba de fanáticos voluntarios que, ligados por un juramento, ofrecían sus vidas en defensa del Islam y se hacían atar por las rodillas para asegurarse de que se sacrificarían llegado el caso. La de los imesebehlem es una institución que ha perdurado hasta nuestros días. Escribe Huici: "Los franceses han sido muchas veces testigos de su valor en las campañas argelinas. En 1854 dos columnas francesas penetraron en la Gran Cabilia y encontraron soldados desnudos hasta la cintura, vestidos tan sólo con un calzón corto y atados unos a otros por las rodillas para no huir: eran los imesebehlem a quienes había que rematar a bayonetazos sin conseguir que se rindiesen"
Pero entonces... ¿Cuantos combatientes se enfrentaron en las Navas de Tolosa? Los cronistas árabes hablan de seiscientos mil guerreros musulmanes y de una innumerable muchedumbre de cristianos. Los cristianos se refieren a casi doscientos mil jinetes musulmanes y la consabida infinita muchedumbre de peones. Modernos estudiosos de la batalla cifran los efectivos almohades entre 100.000 y 150.000 combatientes (probablemente el primer número se más exacto que el segundo) y los cristianos entre 60.000 y 80.000. Incluso admitiendo las cifras más modestas, hemos de reconocer que el choque debió ser de los más espectaculares y sangrientos de la historia medieval.

Caballería pesada cristiana en un manuscrito del siglo XIII
En general puede decirse que los cristianos estaban mejor armados que los musulmanes, especialmente en lo tocante a armamento defensivo: escudos, cotas de malla y yelmos de metal o cuero. El ofensivo abarcaba una amplia panoplia: lanza, espada, cuchillo, maza o hacha, alabarda, arco y honda. Por la parte almohade el armamento defensivo se limitaba prácticamente al escudo. Sus peones iban provistos de lanzas y espadas, azagayas, arcos y hondas. El predominio de las armas arrojadizas en el campo musulmán se refleja en las enormes reservas de flechas y venablos que cayeron en manos de los cristianos. El arzobispo de Narbona calculó que dos mil acémilas no serían suficientes para transportar las cajas de flechas encontradas.
La táctica empleada por los ejércitos almohade y cristiano se basaba en concepciones del arte militar diametralmente opuestas y ambas igualmente eficaces. Por la parte cristiana, Alfonso VIII había tenido mucho tiempo para meditar sobre las enseñanzas de Alarcos. Además conocería las contramedidas que los cruzados habían desarrollado en Siria y Palestina para hacer frente a similares tácticas musulmanas. Frente al formidable bloque de la caballería cristiana que cargaba frontalmente en compacta formación, los musulmanes oponían tropas ligeras capaces de dispersarse ágilmente en todas direcciones, hurtando el blanco a la acometida enemiga, para luego agruparse y desplazándose rápidamente, envolver el enemigo y devolver el golpe en sus puntos vulnerables, la retaguardia y los flancos. Algo parecido ocurrió en Alarcos: los almohades desorganizaron las tropas de los concejos que formaban las alas del ejército castellano y rodearon al núcleo de la caballería atacándolo por los lados. Por eso, en las Navas, Alfonso VIII dispuso que los concejos combatieran mezclados con guerreros profesionales, freires o caballeros. Además reforzó convenientemente los bordes exteriores de las alas. Hemos de pensar, en definitiva, que en Las Navas de Tolosa se enfrentaron la agilidad y la destreza musulmanas frente a la potencia y la contundencia cristianas, dando como resultado la victoria de estas últimas.

Despliegue táctico de la batalla de Las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212)
La Batalla
Cuando amaneció, los dos ejércitos estaban formados frente a frente a una cierta distancia. La caballería cristiana capitaneada por don Diego cargó por la pendiente de la Mesa del Rey abajo al encuentro enemigo. El terreno era difícil, cubierto de monte bajo, arbolado y tajado por un barranco. Al choque, las avanzadas musulmanas, formadas por carne de cañón de fanáticos religiosos, se deshicieron y dispersaron como si huyeran, siguiendo su conocida táctica de tornafuga (disolución de las formaciones y posterior reagrupamiento para el contraataque) que tan buen resultado diese en Alarcos, sin dejar ni un muerto en el campo, y los cristianos prosiguieron su galopada en busca del blanco firme que se ofrecía en los altozanos contiguos, donde estaba apostada una muchedumbre. Allí se produjeron los primeros choques pero los atacantes atravesaron esta segunda línea sin mayor dificultad y todavía les quedó impulso para arremeter contra el grueso del ejército almohade.
El terreno favorecía a los musulmanes, que estaban en alto. Los cristianos llegaban a ellos cansados por la cabalgata y desorganizados por los previos encuentros. Por otra parte, las tropas que los esperaban eran de mejor calidad que las de vanguardia. No sólo rechazaron el ataque fácilmente sino que contraatacaron por los flancos pendiente abajo con gran grita y ruido de los tambores de la zaga y obligaron a los cristianos a ceder terreno. Las tropas de los concejos comenzaron a desmayar, la situación no podía sostenerse ni siquiera con los refuerzos que llegaban de la segunda línea de los cruzados. Fatalmente la vanguardia cristiana se había desorganizado y desmoronado ante el empuje almohade.
Hasta este punto todo parecía desarrollarse con arreglo a la estrategia musulmana: dispersión del cuerpo central y contraataque por los flancos. Desde su puesto en la tercera línea, el rey Alfonso VIII contemplaba, entre la polvareda lejana, la retirada de las banderas de sus tropas. Y aunque don Diego y los suyos se mantenían a pie firme sin ceder terreno, era evidente que las dos primeras líneas cristianas, asaltadas desde mejores posiciones por los veteranos almohades y penetradas y envueltas por caballería ligera del enemigo, se hallaban en desesperada situación, desorganizadas y al borde del colapso. Además, ofrecían un blanco casi inmóvil a los arqueros y honderos de Al-Nasir. Estaba claro que las fuerzas cristianas en liza no podrían, por si solas, salvar la situación. Alfonso VIII creyó llegado el momento de dirigir la carga decisiva, de cuyo resultado dependía la suerte de la jornada.
Según la crónica, el rey dijo al arzobispo de Toledo: "Arzobispo, vos y yo aquí muramos". Y sin más plática cargaron al frente de la tercera línea para socorrer a los que estaban batallando en la ladera del palenque del Miramamolin. Al propio tiempo, sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra.
Tal como se había planteado el encuentro del lado cristiano, esta carga tenía que ser la última y decisiva. De que fuese capaz de perforar todo el dispositivo almohade dependía la suerte final de la batalla. Si era frenada y perdía su conexión hasta verse infiltrada y desorganizada por los elementos ligeros musulmanes, como había ocurrido con los destacamentos precedentes, era seguro que la nueva derrota dejaría en mantillas al desastre de Alarcos. Los historiadores cristianos rodean la acción de Alfonso VIII de una aureola de heroísmo, como si en el supremo instante su decisión y valentía personal hubiesen salvado una batalla que estaba perdida. En realidad, como estamos viendo, la batalla no estaba decidida sino que iba discurriendo, por uno y otro bando, con arreglo a planes preconcebidos y cuidadosamente ejecutados.
La carga de los tres reyes enfiló su objetivo y cruzó el campo de batalla sin perder cohesión: con su ímpetu inicial apenas mermado llegó al palenque del Miramamolín. De aquel momento supremo y verdaderamente decisivo del combate apenas tenemos noticias fiables. Fuentes tardías sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el primero en romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica la incorporación de cadenas al escudo de Navarra, pero el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos nobiliarios de muchas casas que podrían blasonar igualmente de la hazaña. Lo más probable es que la empalizada, directamente atacada en toda su extensión, fuese penetrada simultáneamente por varios lugares. Los imesebehlem sucumbieron en sus puestos, fieles a su promesa.

Fragmento de doce eslabones de cadenas de los imesebehlem en Las Navas de Tolosa conservados en el Palacio de Navarra
El degüello dentro de la fortificación del Miramamolín fue terrible. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la coincidencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolearía el desesperado valor de unos y otros. Pero no existía en aquella época ninguna forma humana de detener una carda de caballería pesada cuando se abatía sobre un objetivo fijo y lograba el cuerpo a cuerpo (todavía no se había divulgado en Europa el arco largo galés y las armas de fuego que darán al traste con la caballería en los dos siglos siguientes, como en su momento veremos). En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros, principalmente por la vulnerabilidad de sus caballos, no podrían actuar debidamente, cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que después de la batalla los caballos apenas podían circular por ella, de tantos cadáveres como había amontonados. El ejército de Al-Nasir se desintegró. En la terrible confusión cada cual buscó su propia salvación en la huida.

El pendón de al-Nasir en su tienda de Las Navas de Tolosa. TEXTO TRADUCIDO DEL PENDON DE LAS NAVAS
"Me refugio en Dios, de Satanas el apedreado. En el nombre de Dios, piadoso y clemente. La bendición de Dios sea sobre nuestro Señor y dueño, Muhammad el Profeta honrado y sobre su familia y amigos. Salud y paz".
Lo que sucedió al enfrentamiento no fue menos terrible que el propio combate. El "alcance" que coronaba la batalla medieval dio comienzo. La caballería cristiana, dispersa en pequeños destacamentos, prosiguió su carrera alanceando y derribando a los fugitivos. La cifra de bajas almohades fue tan crecida porque en el alcance perecieron casi tantos hombres como en el combate propiamente dicho. Perseguidos y perseguidores atravesaron el abandonado campamento almohade y prosiguieron hacia el sur. Los fugitivos intentaban refugiarse en la fortaleza de Vilches, la más cercana al lugar de la batalla. Un cronista tardío escribe: "Hallaban a los moros en las encinas y en los alcornoques y allí les daban muchas lanzadas y así los derribaban".
Los jefes cristianos habían prohibido, bajo pena de excomunión, dedicarse al saqueo de los despojos y campamento enemigos antes de que los almohades hubiesen sido completamente exterminados. Esta medida estaba plenamente justificada: sabían por experiencia que algunas batallas que parecían ganadas se comprometían o acababan en franca derrota por causa de la codicia de la soldadesca que , creyendo favorablemente decidido el combate, desatendía la lucha por saquear las tiendas de los vencidos.
Sofocada toda resistencia almohade, los cruzados se precipitaron sobre el bien abastecido campamento enemigo, ya arrasado y en completa confusión, en busca de objetos valiosos, oro, plata, seda y vestidos, además de armas, caballos y vituallas. "De todo hallaron en cantidad" -exagera probablemente el cronista- "que, aunque cada uno tomó lo que quiso, dejaron todavía mas de lo que cogieron".
Consecuencias
Como ya dijimos al principio, la batalla de las Navas de Tolosa marca un hito en la historia de España: alejó el peligro de una invasión musulmana de los reinos cristianos y contribuyó, aunque no de modo tan decisivo como se pretende, al desmembramiento y ruina del imperio almohade. Además hizo saltar el cerrojo de la puerta de Andalucía y consolidó la frontera castellana en Sierra Morena facilitando las grandes conquistas castellanas en el siglo XIII.
Con la base del sistema defensivo almohade completamente desmantelado parecía que la conquista del resto de Andalucía era empresa fácil y hacedera. Pero una epidemia de disentería, causada por la falta de higiene y el calor, a la que cabría añadir el agotamiento de la tropa (no sólo de la batalla y los asedios sino también de sus excesos con las moras cautivas), postraron en sus tiendas a gran número de cruzados. Hubo que suspender la expedición. Cubiertos de gloria y cargados de botín, los expedicionarios desandaron lo andado y regresaron a Castilla. La conquista de la fértil Andalucía quedaba aplazada para mejor ocasión.

La Reconquista a mediados del siglo XIII tras la batalla de Las Navas de Tolosa
Alfonso VIII, embriagado por la gloria de su señalada victoria y cumplidamente vengado de Alarcos, entró triunfalmente en Toledo y derramó bienes y promesas sobre cuantos habían contribuido a la Cruzada. El rey de León, que no sólo no lo había apoyado sino que, aprovechando la escasa guarnición de la frontera castellana, le había tomado algunos lugares, temía que Alfonso VIII cayera sobre él con su victorioso ejército. Pero Alfonso generoso y magnánimo, no sólo le ofreció la paz sino que renunció a sus derechos sobre los lugares en disputa. A Sancho de Navarra, su enconado enemigo, que había asistido a las Navas, también le entregó los castillos y lugares fronterizos que codiciaba, obteniendo el rey navarro un excerlente botín con el cual se sufragaron castillos, iglesias, catedrales y monasterios por todo su reino, desarrollándose además una pujante actividad financiera de préstamos y créditos por toda Europa.
Epílogo
Al-Nasir nunca se repuso del desastre de las Navas. Abdicó en su hijo, se encerró en su palacio de Marrakech y se entregó a los placeres y al vino. Murió, quizá envenenado a los dos años escasos de su derrota. Alfonso VIII sólo lo sobrevivió unos meses. Pedro II de Aragón, el rey caballero, pereció al año siguiente en la batalla de Muret, combatiendo a los cruzados que Inocencio III había convocado contra los herejes albigenses (Pedro II estaba auxiliando a su cuñado Raimundo IV de Tolosa), Sancho el Fuerte de Navarra sobrevivió veintidós años a la batalla. Al final de su vida, atacado de alguna especie de neurastenia "a causa de su mucha grosura y de la poca salud que tenía", se recluyó en su palacio de Tudela, donde permaneció encerrado hasta su muerte en 1234.
Bibliografía.
Fuentes en Internet.
Las navas de tolosa, texto de juan eslava galán
Wikipedia:
Felipe ii augusto, rey de Francia
Inocencio iii (lotario de conti), papa
Simón iv de Montfort
Textos:
duby, georges: el domingo de bouvines. Alianza ed. Madrid, 1973 (1ª ed.)
echevarría, ana y rodríguez, josé m.: atlas histórico de la edad media. ed. acento, madrid, 2003
garcia fitz, francisco: las navas de tolosa. ed. ariel. Barcelona, 2005
pueyo, rené y pignatelli, isabel: armorial de la bataille de muret. Madrid, 2004
vv.aa. técnicas bélicas del mundo medieval (500-1500). ed. libsa, Madrid, 2007